martes, 2 de marzo de 2010
La dimensión deontológica de la relación médico-paciente y los comités de ética
Germán Méndez Sardina
Resumen: La crisis del paternalismo médico y su inacabada transición a la autonomía del paciente supuso la brusca ruptura de la autoridad moral del médico sobre el paciente, no sólo obligada por la igualdad jurídicamente impuesta, sino también por la abdicación de la clase médica. En este entorno de desorientación en que se encuentran inmersos, los Comités de ética asistencial (CEA) pueden venir en ayuda de los mismos dotándoles de las herramientas necesarias para asumir la nueva cultura en la relación médico-paciente que deviene imparable. Los CEA deben liderar la política hospitalaria de respeto de los derechos humanos y marcar el sendero de las pautas de comportamiento que impliquen al médico en la defensa de esos valores.
Palabras clave: Comités de ética asistencial, relación médico-paciente, ética clínica, paternalismo médico.
La relación médico paciente (RMP) ha sido considerada el acto central de la actividad clínica y el escenario principal de la medicina, y que va más allá de los conocimientos científicos y desarrollos tecnológicos, básicos para la práctica médica e imprescindibles en la formación del médico y demás profesionales de la salud. El avance científico y tecnológico ha exigido al médico un alto grado de especialización que le ha permitido afrontar patologías hasta ahora inabordables pero que, como contrapartida, ha modificado sustancialmente la tradicional forma de entender la profesión médica y ha deteriorado la relación médico paciente. Algunos autores consideran , incluso, que la medicina moderna ha introducido un distanciamiento entre el enfermo y su propia vivencia de la enfermedad, ya que se le hace sentir que su cuerpo habla en un lenguaje que él no puede comprender, que se expresa en un idioma al cual sólo tienen acceso aquéllos que conocen los códigos de la medicina (1). Efectivamente el enorme avance de las ciencias, sus sofisticadas aplicaciones médicas e, incluso, sus evidentes éxitos están trayendo, en paradójico contrasentido, el mayor alejamiento médico paciente nunca vivido en la historia de la medicina. Como dice BROGGI “es ya de una evidencia inquietante el que la mirada del profesional está excesivamente focalizada en el conocimiento de los hechos biológicos de la enfermedad para su buen tratamiento, y que, en cambio, sufre de presbicia cuando trata con el enfermo” (2) . Consecuencia de ello es la búsqueda por la sociedad de alternativas, y en consecuencia el creciente alza de la demanda de medicinas no convencionales en un “romántico retorno al pasado” (3).
La relación médico-paciente está modulada, por tanto, por factores sociales y culturales. Esta relación se desarrolla en un plano intelectual y teórico, pero también afectivo y ético (4) en lo que puede definirse como acto médico. Ciertamente, en mi opinión, el médico se encuentra desconcertado y desorientado ante el cambio de escenario que le ha obligado a bajarse de su pedestal. La transición – evidentemente inacabada – del paternalismo médico a la autonomía del paciente ha supuesto la pérdida de la “autoridad moral” con que se encontraba investido, y no siempre por una igualdad irreal jurídicamente impuesta, sino también en gran parte por responsabilidad de un estamento médico que ha olvidado su “sacerdocio”, para convertirse en un mero técnico de la sociedad industrial, abdicando de su propia supremacía. Consecuencia de ello, irremediablemente, es que como técnico de esa sociedad industrial sea tratado como tal.
Es precisamente en este momento cuando los comités de ética asistencial pueden venir en ayuda de los mismos, encauzándoles por la nueva cultura que deviene imparable, y que deben asumir y asimilar.
No podemos entender la razón de ser de los comités de bioética sin transitar brevemente por la relación médico-paciente a través del tiempo. Recordemos que la nota general que marcó la práctica médica en las primeras etapas del desarrollo de la humanidad fue el sustento mágico y la superstición. La atención de los pacientes no requería propiamente de un planteamiento ético, dado que la acción curativa era delegada a las fuerzas externas. Dioses y demonios, eran responsables de la salud, curación, enfermedad y muerte, el curandero, sacerdote o chamán quedaba exento de responsabilidad, pues sólo era una pieza más en el juego de las fuerzas sobrenaturales (5) .
La filosofía presocrática, marca una nueva etapa al reconocer la libertad de pensamiento y despojar la práctica médica de la mitología, la religión y la superstición. El médico pasa a ser un agente activo en el desarrollo o curación de la enfermedad y su actuación puede ser cuestionada. Es precisamente un médico, Hipócrates, quien señaló las bases de una práctica basada en principios científicos y éticos. Tradicionalmente el médico empleaba todos sus conocimientos en beneficio del paciente, ya fuera para mitigar su dolor, curar su enfermedad o salvarle la vida. El paciente en cambio, desempeñaba un comportamiento pasivo, limitado a cumplir las órdenes del médico sin cuestionamiento alguno. Tal actitud respondía a la convicción de que el médico sólo buscaba el beneficio del paciente, ambas partes de la relación tenían enemigos comunes contra quien luchar, la enfermedad, el dolor y la muerte.
Finalmente, la antigua confianza que distinguía la relación, ha sido sustituida por el temor y la falta de credibilidad. La práctica médica en grandes hospitales y la alta tecnología han deshumanizado la interacción, y no son pocos los casos en que el anterior binomio se ha transformado en una lucha frontal. No obstante este deterioro, es de reconocerse la clara y constante preocupación que existe, por que la práctica médica, además de ser una actividad científica, se sostenga en valores éticos y morales.
Tenemos frente a nosotros una nueva práctica médica que debe dejar atrás la tradicional interrelación paternalista radical y vertical, para sustituirse por una nueva visión mas plural y deliberativa, que permita afrontar adecuadamente las situaciones que diariamente se presentan en los hospitales. Se entiende entonces que se está en una sociedad plural, donde las decisiones se deben tomar bajo la idea democrática de participación y de consenso. Esta noción introducida a los servicios de salud produce un cambio de paradigma en la relación médico paciente que viene a transformar al histórico paternalismo en un nuevo modelo (6) .
Los comités hospitalarios de bioética (7) , denominados en España como Comités de Ética Asistencial (CEA), pueden ser considerados como un auxiliar en esta nueva concepción de la relación médico-paciente. El estar integrados por grupos multidisciplinarios, con preparación especializada, los legitima para deliberar sobre los diferentes problemas éticos que surgen en la práctica médica. Sus intervenciones pueden abarcar desde los grandes problemas que se plantean en las instituciones hospitalarias, en todos los niveles, hasta los problemas particulares que puedan presentarse en pacientes o en sus familiares. También, apoyan al médico, presentándole un enfoque más allá de los aspectos técnicos de un caso clínico. Incluso ante la distribución de escasos recursos entre gran número de pacientes, ante la necesidad de conciliar el mejor tratamiento con las cuotas moderadoras de los servicios de salud, los Comités de bioética se constituyen en un recurso acertado (8) .
Los comités de ética vinieron a introducir el pluralismo moral en medicina y en los servicios de salud, a plantear que hay decisiones que ya no son competencia del médico solamente, sino también del paciente, de su familia, de la Institución y de la sociedad en su conjunto; así como que en esas decisiones deben intervenir representantes del derecho, la filosofía y otras áreas del conocimiento que se ocupan de la conducta del hombre, es decir, una apertura a las ciencias sociales y así, al humanismo médico.
Los CEA son entonces espacios de dialogo y reflexión en un ámbito interdisciplinario, que a través de la argumentación aspiran a arribar a consensos mínimos que mejoren la calidad de las decisiones sanitarias, aproximándose racional y razonablemente a decisiones prudenciales (9) . De igual modo se incorporan otras áreas del conocimiento y modelos de razonamiento moral a la resolución de conflictos éticos en el campo de la salud. Como dice ABEL:
“Sin un auténtico diálogo interdisciplinar entre interlocutores competentes en su propia disciplina o profesión, sin un esfuerzo de paciencia, tolerancia y receptividad activa, no habríamos superado las confrontaciones entre las diferentes racionalidades en conflicto: la científico-técnica y la ético-religiosa. A éstas se añadiría más tarde la racionalidad jurídico-política. Tres racionalidades a las que hay que hacer frente hoy en día buscando el diálogo y no rehuyendo la confrontación cuando se perciba necesaria” (10) .
Pretenden ser reflejo de la pluralidad de ideas que se ponen de manifiesto en la sociedad, en la búsqueda de consensos, pero no se trata de consensos estratégicos, sino de un verdadero proceso de deliberación moral. Ello significa que la deliberación moral se sostiene sobre algunos presupuestos, como su fundamento en el respeto por la dignidad y los derechos humanos y las condiciones de universalidad que deben subyacer a todo proceso deliberativo (11) .
La incorporación de valores a la toma de decisión – porque, y es una característica de la ética clínica (12) , ha de haber siempre una decisión: no es posible resolver las cuestiones morales que pueden aparecer en la atención de un paciente particular si no se toma una decisión, en un campo complejo e inestable, puesto que los interrogantes éticos son inseparables de los clínicos - es un verdadero avance en el campo de la salud y una necesidad insoslayable en la adecuación a los nuevos modelos de organización social, y a las que el médico no puede sustraerse máxime en el periodo histórico que estamos viviendo. Así, en tanto los valores históricos sociales son entendidos como fundamento de los Derechos Humanos, los comités se constituyen en defensores de los derechos de las personas en aquellos ámbitos que se ocupan del análisis de los conflictos éticos que emanan de la vida y la salud humanas (13) .
Esta nueva concepción sobre la forma como deben tomarse las decisiones en el campo de la salud no implica exclusivamente a los CEA sino que se aspira a introducirlas en el ámbito del hospital, para que el personal sanitario en su conjunto las incorpore y las haga propias. Pretenden, entonces, ser transformadores de actitudes en la práctica, tendientes a la “humanización” de los servicios de salud.
Es una función educativa, tal vez la más importante y la más compleja de sus tareas, y se debe desarrollar en el seno del hospital. La introducción de valores al proceso de toma de decisión, la toma de conciencia sobre los derechos humanos que se encuentran involucrados y, finalmente la modificación de actitudes en la práctica, no son tareas sencillas y seguramente no han de lograse solo a través de acciones educativas.
Los CEA no han llegado para prohibir, poner reglas, normas o límites, ni para reglamentar o legalizar, sino más bien para respetar la pluralidad y “que las decisiones no invadan las libertades y los derechos de otros individuos y otras sociedades” (14) .
Deben considerarse como la mediación entre los sujetos que entran en relación y el acto médico, ofreciendo algunos principios, valores, consejos para una definición común en la tarea de decidir aquí y ahora cuál es la decisión médica y ética más adecuada.
Pese a la importancia que los CEA deben tener en el restablecimiento de la RMP, lo cierto es que cuando se solicita a personas con años de dedicación a un comité ético asistencial para que hagan una valoración sobre la función y la utilidad de los comités, es habitual experimentar cierta sensación de vaguedad e indeterminación —quizás algún grado de escepticismo— que se extiende no sólo a los resultados de sus largas horas de dedicación, sino también a los mismos objetivos o a la propia estructura del comité (15) . Es más “la necesidad de los CEA no se percibe como tal en muchos ambientes sanitarios y equipos clínicos” (16) .
Igualmente existen otros dos peligros que pueden entorpecer el buen funcionamiento del comité: la usurpación por el CEA de la responsabilidad de la decisión última, lo que puede ocurrir si se pierde de vista la índole consultiva del mismo. Cabría incluso que se hiciera desaparecer la responsabilidad al diluirla en el comité, y esto es bastante sencillo: ante un dilema moral qué mejor excusa ante la propia conciencia que asumir el dictamen del CEA por muy consciente que se sea del carácter no vinculante del mismo, ya que eso le permitiría centrarse en el aspecto técnico, sin entrar en especulaciones morales; y el olvido o desconocimiento por parte del comité de sus propios límites de actuación. Se trata de un peligro aún mayor que el anterior: en una época de crisis de valores como la que nos toca vivir, el CEA puede sentir la tentación de dejarse contagiar por el relativismo reinante y traspasar en sus decisiones los límites estrictos de sus competencias.
Nadie duda que los comités éticos asistenciales cumplen en las instituciones sanitarias una misión de reflexión ética beneficiosa. La pregunta sería, para algunos, si esta función justificará en el futuro su existencia. “Si el CEA es capaz de inspirar confianza y de irradiar eficacia y prestigio, entonces terminará por integrarse adecuadamente en el sistema, el cual no dudará en admitirlo como a un cuerpo natural y como parte de su compromiso al servicio del paciente” (17) , y del propio médico. Resulta ineludible, por tanto, reforzar los CEA como órganos necesarios para establecer las pautas de comportamiento, liderando la política hospitalaria como valedores del respeto a los derechos humanos en el ámbito clínico.
1 Clavreul, J. “El orden médico” Argot Compañía de Libros, 1983, y Cordoba-Leal-Martínez “Cabos sueltos de la epistemología médica”, México, UAM-X, División de Ciencias Biológicas y de la Salud, 1991, citados por Martínez, C.-Leal, G. “Sobre la calidad clínica de la atención: el problema de la relación médico paciente”, Anales Médicos, Hospital ABC, vol. 48, núm. 4, oct.-dic. 2003, pág. 245.
2 Broggi, M.A. Comentario Editorial en la Revista Humanitas, Humanidades Médicas, nº 15, mayo 2007, pág.4
3 Giménez, J. A. “La profesión médica hoy: nueva llamada de la tradición hipocrática”, en Medifam v.12 n.9 Madrid, oct.-nov. 2002, pág. 2.
4 Arango, P. “La formación en bioética: una alternativa para la calidad de la relación médico-paciente”, en Persona y Bioética, vol. 2, nº 3 (1998), pág. 1.
5 Pollak, K. “Los discípulos de Hipócrates. Una historia de la medicina”. Circulo de Lectores, Barcelona, 1970, págs. 14-15; Vera, R. “Historia de la Civilización”, Tomo 1, Ed. Ramón Sopena, Barcelona 1964, págs. 194-195; Laviosa Zambotti, P. “Origen y destino de la cultura occidental”, Ed. Guadarrama, Madrid 1959, pág. 76; Eliade, M. “Tratado de Historia de las Religiones”, Circulo Universidad, Madrid 1990, págs. 60-64; Childe, G. “La prehistoria de la sociedad europea”, Icaria, Barcelona 1979, págs. 108-111.
6Vidal, S.“Introducción ala Bioética Institucional: Los comités hospitalarios de bioética” Red Latinoamericana y del Caribe de Bioética de la UNESCO. Módulo III, pág.14.
7 La Declaración Universal de Bioética y Derechos Humanos, en su artículo 19, enumera una tipología de Comités de Ética necesaria para la aplicación de los principios que la misma contiene. Se trata de los llamados Comités de Ética en Investigación Clínica, Comités de Ética Asistencial y Comités Nacionales de Bioética. Éstos últimos vienen reforzados por el artículo 22.b señalando que “los estados deben fomentar la creación de comités de ética independientes, pluridisciplinares y pluralistas”. No es la primera vez que en una declaración internacional se menciona la necesidad de crear y promover comités de ética, pero si es la primera en la que en un mismo artículo se definen las funciones que cada uno de debe desempeñar en distintos contextos. A través de ellos se aplican los principios de la Declaración cuyo objetivo es tratar “las cuestiones éticas relacionadas con la medicina, las ciencias de la vida y las tecnologías conexas aplicadas a los seres humanos, teniendo en cuenta las dimensiones sociales, jurídicas y ambientales” (art. 1). Lecuona, I. “La regulación española de los Comités de Ética y las novedades introducidas por la nueva Ley de Investigación Biomédica” Revista de Bioética y Derecho, núm. 11, septiembre 2007, págs. 17-21.
8 Arango, P., op. cit. pág. 4
9 Ibidem. pág. 14.
10 Abel, F. “Comités de ética asistencial”, en Anales del Sistema Sanitario Navarro, 2006, 29 (supl. 3), pág. 78.
11 Vidal, S. op. cit. Pág. 15
12 Clínica es palabra que procede del griego klyne, término cuyo sentido queda claro recordando algunos de los términos en que interviene, como «inclinación», «triclinio», «clima » o «climaterio». Su sentido más usual fue el de «cama». De klyne procede también «clínica». Clínica es la actividad que se realiza ante la cama del enfermo. La clínica es siempre una actividad concreta, individual. Su misión consiste en diagnosticar y tratar a un enfermo concreto, determinado. Gracia, D., “La deliberación moral: el método de la ética clínica”, Med Clin (Barc) 2001; 117, pág. 18.
13 Vidal, S., op. cit. pág. 15
14 Ibidem. pág. 16.
15 Vidal, J.-Sarrias, X.-Ros, F. “¿Están siendo útiles los comités éticos asistenciales? Cuadernos de Bioética, XVII, 2006/3º, págs. 398.
16 Simó, R. “El centro de trabajo y su dimensión ética. Los comités éticos multidisciplinares” en Tomás, G. (ed.) Manuel de Bioética, Ed. Ariel, 2ª edición, 2006, pág. 121.
17 Ibidem. pág. 126.
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Resumen: La crisis del paternalismo médico y su inacabada transición a la autonomía del paciente supuso la brusca ruptura de la autoridad moral del médico sobre el paciente, no sólo obligada por la igualdad jurídicamente impuesta, sino también por la abdicación de la clase médica. En este entorno de desorientación en que se encuentran inmersos, los Comités de ética asistencial (CEA) pueden venir en ayuda de los mismos dotándoles de las herramientas necesarias para asumir la nueva cultura en la relación médico-paciente que deviene imparable. Los CEA deben liderar la política hospitalaria de respeto de los derechos humanos y marcar el sendero de las pautas de comportamiento que impliquen al médico en la defensa de esos valores.
Palabras clave: Comités de ética asistencial, relación médico-paciente, ética clínica, paternalismo médico.
La relación médico paciente (RMP) ha sido considerada el acto central de la actividad clínica y el escenario principal de la medicina, y que va más allá de los conocimientos científicos y desarrollos tecnológicos, básicos para la práctica médica e imprescindibles en la formación del médico y demás profesionales de la salud. El avance científico y tecnológico ha exigido al médico un alto grado de especialización que le ha permitido afrontar patologías hasta ahora inabordables pero que, como contrapartida, ha modificado sustancialmente la tradicional forma de entender la profesión médica y ha deteriorado la relación médico paciente. Algunos autores consideran , incluso, que la medicina moderna ha introducido un distanciamiento entre el enfermo y su propia vivencia de la enfermedad, ya que se le hace sentir que su cuerpo habla en un lenguaje que él no puede comprender, que se expresa en un idioma al cual sólo tienen acceso aquéllos que conocen los códigos de la medicina (1). Efectivamente el enorme avance de las ciencias, sus sofisticadas aplicaciones médicas e, incluso, sus evidentes éxitos están trayendo, en paradójico contrasentido, el mayor alejamiento médico paciente nunca vivido en la historia de la medicina. Como dice BROGGI “es ya de una evidencia inquietante el que la mirada del profesional está excesivamente focalizada en el conocimiento de los hechos biológicos de la enfermedad para su buen tratamiento, y que, en cambio, sufre de presbicia cuando trata con el enfermo” (2) . Consecuencia de ello es la búsqueda por la sociedad de alternativas, y en consecuencia el creciente alza de la demanda de medicinas no convencionales en un “romántico retorno al pasado” (3).
La relación médico-paciente está modulada, por tanto, por factores sociales y culturales. Esta relación se desarrolla en un plano intelectual y teórico, pero también afectivo y ético (4) en lo que puede definirse como acto médico. Ciertamente, en mi opinión, el médico se encuentra desconcertado y desorientado ante el cambio de escenario que le ha obligado a bajarse de su pedestal. La transición – evidentemente inacabada – del paternalismo médico a la autonomía del paciente ha supuesto la pérdida de la “autoridad moral” con que se encontraba investido, y no siempre por una igualdad irreal jurídicamente impuesta, sino también en gran parte por responsabilidad de un estamento médico que ha olvidado su “sacerdocio”, para convertirse en un mero técnico de la sociedad industrial, abdicando de su propia supremacía. Consecuencia de ello, irremediablemente, es que como técnico de esa sociedad industrial sea tratado como tal.
Es precisamente en este momento cuando los comités de ética asistencial pueden venir en ayuda de los mismos, encauzándoles por la nueva cultura que deviene imparable, y que deben asumir y asimilar.
No podemos entender la razón de ser de los comités de bioética sin transitar brevemente por la relación médico-paciente a través del tiempo. Recordemos que la nota general que marcó la práctica médica en las primeras etapas del desarrollo de la humanidad fue el sustento mágico y la superstición. La atención de los pacientes no requería propiamente de un planteamiento ético, dado que la acción curativa era delegada a las fuerzas externas. Dioses y demonios, eran responsables de la salud, curación, enfermedad y muerte, el curandero, sacerdote o chamán quedaba exento de responsabilidad, pues sólo era una pieza más en el juego de las fuerzas sobrenaturales (5) .
La filosofía presocrática, marca una nueva etapa al reconocer la libertad de pensamiento y despojar la práctica médica de la mitología, la religión y la superstición. El médico pasa a ser un agente activo en el desarrollo o curación de la enfermedad y su actuación puede ser cuestionada. Es precisamente un médico, Hipócrates, quien señaló las bases de una práctica basada en principios científicos y éticos. Tradicionalmente el médico empleaba todos sus conocimientos en beneficio del paciente, ya fuera para mitigar su dolor, curar su enfermedad o salvarle la vida. El paciente en cambio, desempeñaba un comportamiento pasivo, limitado a cumplir las órdenes del médico sin cuestionamiento alguno. Tal actitud respondía a la convicción de que el médico sólo buscaba el beneficio del paciente, ambas partes de la relación tenían enemigos comunes contra quien luchar, la enfermedad, el dolor y la muerte.
Finalmente, la antigua confianza que distinguía la relación, ha sido sustituida por el temor y la falta de credibilidad. La práctica médica en grandes hospitales y la alta tecnología han deshumanizado la interacción, y no son pocos los casos en que el anterior binomio se ha transformado en una lucha frontal. No obstante este deterioro, es de reconocerse la clara y constante preocupación que existe, por que la práctica médica, además de ser una actividad científica, se sostenga en valores éticos y morales.
Tenemos frente a nosotros una nueva práctica médica que debe dejar atrás la tradicional interrelación paternalista radical y vertical, para sustituirse por una nueva visión mas plural y deliberativa, que permita afrontar adecuadamente las situaciones que diariamente se presentan en los hospitales. Se entiende entonces que se está en una sociedad plural, donde las decisiones se deben tomar bajo la idea democrática de participación y de consenso. Esta noción introducida a los servicios de salud produce un cambio de paradigma en la relación médico paciente que viene a transformar al histórico paternalismo en un nuevo modelo (6) .
Los comités hospitalarios de bioética (7) , denominados en España como Comités de Ética Asistencial (CEA), pueden ser considerados como un auxiliar en esta nueva concepción de la relación médico-paciente. El estar integrados por grupos multidisciplinarios, con preparación especializada, los legitima para deliberar sobre los diferentes problemas éticos que surgen en la práctica médica. Sus intervenciones pueden abarcar desde los grandes problemas que se plantean en las instituciones hospitalarias, en todos los niveles, hasta los problemas particulares que puedan presentarse en pacientes o en sus familiares. También, apoyan al médico, presentándole un enfoque más allá de los aspectos técnicos de un caso clínico. Incluso ante la distribución de escasos recursos entre gran número de pacientes, ante la necesidad de conciliar el mejor tratamiento con las cuotas moderadoras de los servicios de salud, los Comités de bioética se constituyen en un recurso acertado (8) .
Los comités de ética vinieron a introducir el pluralismo moral en medicina y en los servicios de salud, a plantear que hay decisiones que ya no son competencia del médico solamente, sino también del paciente, de su familia, de la Institución y de la sociedad en su conjunto; así como que en esas decisiones deben intervenir representantes del derecho, la filosofía y otras áreas del conocimiento que se ocupan de la conducta del hombre, es decir, una apertura a las ciencias sociales y así, al humanismo médico.
Los CEA son entonces espacios de dialogo y reflexión en un ámbito interdisciplinario, que a través de la argumentación aspiran a arribar a consensos mínimos que mejoren la calidad de las decisiones sanitarias, aproximándose racional y razonablemente a decisiones prudenciales (9) . De igual modo se incorporan otras áreas del conocimiento y modelos de razonamiento moral a la resolución de conflictos éticos en el campo de la salud. Como dice ABEL:
“Sin un auténtico diálogo interdisciplinar entre interlocutores competentes en su propia disciplina o profesión, sin un esfuerzo de paciencia, tolerancia y receptividad activa, no habríamos superado las confrontaciones entre las diferentes racionalidades en conflicto: la científico-técnica y la ético-religiosa. A éstas se añadiría más tarde la racionalidad jurídico-política. Tres racionalidades a las que hay que hacer frente hoy en día buscando el diálogo y no rehuyendo la confrontación cuando se perciba necesaria” (10) .
Pretenden ser reflejo de la pluralidad de ideas que se ponen de manifiesto en la sociedad, en la búsqueda de consensos, pero no se trata de consensos estratégicos, sino de un verdadero proceso de deliberación moral. Ello significa que la deliberación moral se sostiene sobre algunos presupuestos, como su fundamento en el respeto por la dignidad y los derechos humanos y las condiciones de universalidad que deben subyacer a todo proceso deliberativo (11) .
La incorporación de valores a la toma de decisión – porque, y es una característica de la ética clínica (12) , ha de haber siempre una decisión: no es posible resolver las cuestiones morales que pueden aparecer en la atención de un paciente particular si no se toma una decisión, en un campo complejo e inestable, puesto que los interrogantes éticos son inseparables de los clínicos - es un verdadero avance en el campo de la salud y una necesidad insoslayable en la adecuación a los nuevos modelos de organización social, y a las que el médico no puede sustraerse máxime en el periodo histórico que estamos viviendo. Así, en tanto los valores históricos sociales son entendidos como fundamento de los Derechos Humanos, los comités se constituyen en defensores de los derechos de las personas en aquellos ámbitos que se ocupan del análisis de los conflictos éticos que emanan de la vida y la salud humanas (13) .
Esta nueva concepción sobre la forma como deben tomarse las decisiones en el campo de la salud no implica exclusivamente a los CEA sino que se aspira a introducirlas en el ámbito del hospital, para que el personal sanitario en su conjunto las incorpore y las haga propias. Pretenden, entonces, ser transformadores de actitudes en la práctica, tendientes a la “humanización” de los servicios de salud.
Es una función educativa, tal vez la más importante y la más compleja de sus tareas, y se debe desarrollar en el seno del hospital. La introducción de valores al proceso de toma de decisión, la toma de conciencia sobre los derechos humanos que se encuentran involucrados y, finalmente la modificación de actitudes en la práctica, no son tareas sencillas y seguramente no han de lograse solo a través de acciones educativas.
Los CEA no han llegado para prohibir, poner reglas, normas o límites, ni para reglamentar o legalizar, sino más bien para respetar la pluralidad y “que las decisiones no invadan las libertades y los derechos de otros individuos y otras sociedades” (14) .
Deben considerarse como la mediación entre los sujetos que entran en relación y el acto médico, ofreciendo algunos principios, valores, consejos para una definición común en la tarea de decidir aquí y ahora cuál es la decisión médica y ética más adecuada.
Pese a la importancia que los CEA deben tener en el restablecimiento de la RMP, lo cierto es que cuando se solicita a personas con años de dedicación a un comité ético asistencial para que hagan una valoración sobre la función y la utilidad de los comités, es habitual experimentar cierta sensación de vaguedad e indeterminación —quizás algún grado de escepticismo— que se extiende no sólo a los resultados de sus largas horas de dedicación, sino también a los mismos objetivos o a la propia estructura del comité (15) . Es más “la necesidad de los CEA no se percibe como tal en muchos ambientes sanitarios y equipos clínicos” (16) .
Igualmente existen otros dos peligros que pueden entorpecer el buen funcionamiento del comité: la usurpación por el CEA de la responsabilidad de la decisión última, lo que puede ocurrir si se pierde de vista la índole consultiva del mismo. Cabría incluso que se hiciera desaparecer la responsabilidad al diluirla en el comité, y esto es bastante sencillo: ante un dilema moral qué mejor excusa ante la propia conciencia que asumir el dictamen del CEA por muy consciente que se sea del carácter no vinculante del mismo, ya que eso le permitiría centrarse en el aspecto técnico, sin entrar en especulaciones morales; y el olvido o desconocimiento por parte del comité de sus propios límites de actuación. Se trata de un peligro aún mayor que el anterior: en una época de crisis de valores como la que nos toca vivir, el CEA puede sentir la tentación de dejarse contagiar por el relativismo reinante y traspasar en sus decisiones los límites estrictos de sus competencias.
Nadie duda que los comités éticos asistenciales cumplen en las instituciones sanitarias una misión de reflexión ética beneficiosa. La pregunta sería, para algunos, si esta función justificará en el futuro su existencia. “Si el CEA es capaz de inspirar confianza y de irradiar eficacia y prestigio, entonces terminará por integrarse adecuadamente en el sistema, el cual no dudará en admitirlo como a un cuerpo natural y como parte de su compromiso al servicio del paciente” (17) , y del propio médico. Resulta ineludible, por tanto, reforzar los CEA como órganos necesarios para establecer las pautas de comportamiento, liderando la política hospitalaria como valedores del respeto a los derechos humanos en el ámbito clínico.
1 Clavreul, J. “El orden médico” Argot Compañía de Libros, 1983, y Cordoba-Leal-Martínez “Cabos sueltos de la epistemología médica”, México, UAM-X, División de Ciencias Biológicas y de la Salud, 1991, citados por Martínez, C.-Leal, G. “Sobre la calidad clínica de la atención: el problema de la relación médico paciente”, Anales Médicos, Hospital ABC, vol. 48, núm. 4, oct.-dic. 2003, pág. 245.
2 Broggi, M.A. Comentario Editorial en la Revista Humanitas, Humanidades Médicas, nº 15, mayo 2007, pág.4
3 Giménez, J. A. “La profesión médica hoy: nueva llamada de la tradición hipocrática”, en Medifam v.12 n.9 Madrid, oct.-nov. 2002, pág. 2.
4 Arango, P. “La formación en bioética: una alternativa para la calidad de la relación médico-paciente”, en Persona y Bioética, vol. 2, nº 3 (1998), pág. 1.
5 Pollak, K. “Los discípulos de Hipócrates. Una historia de la medicina”. Circulo de Lectores, Barcelona, 1970, págs. 14-15; Vera, R. “Historia de la Civilización”, Tomo 1, Ed. Ramón Sopena, Barcelona 1964, págs. 194-195; Laviosa Zambotti, P. “Origen y destino de la cultura occidental”, Ed. Guadarrama, Madrid 1959, pág. 76; Eliade, M. “Tratado de Historia de las Religiones”, Circulo Universidad, Madrid 1990, págs. 60-64; Childe, G. “La prehistoria de la sociedad europea”, Icaria, Barcelona 1979, págs. 108-111.
6Vidal, S.“Introducción ala Bioética Institucional: Los comités hospitalarios de bioética” Red Latinoamericana y del Caribe de Bioética de la UNESCO. Módulo III, pág.14.
7 La Declaración Universal de Bioética y Derechos Humanos, en su artículo 19, enumera una tipología de Comités de Ética necesaria para la aplicación de los principios que la misma contiene. Se trata de los llamados Comités de Ética en Investigación Clínica, Comités de Ética Asistencial y Comités Nacionales de Bioética. Éstos últimos vienen reforzados por el artículo 22.b señalando que “los estados deben fomentar la creación de comités de ética independientes, pluridisciplinares y pluralistas”. No es la primera vez que en una declaración internacional se menciona la necesidad de crear y promover comités de ética, pero si es la primera en la que en un mismo artículo se definen las funciones que cada uno de debe desempeñar en distintos contextos. A través de ellos se aplican los principios de la Declaración cuyo objetivo es tratar “las cuestiones éticas relacionadas con la medicina, las ciencias de la vida y las tecnologías conexas aplicadas a los seres humanos, teniendo en cuenta las dimensiones sociales, jurídicas y ambientales” (art. 1). Lecuona, I. “La regulación española de los Comités de Ética y las novedades introducidas por la nueva Ley de Investigación Biomédica” Revista de Bioética y Derecho, núm. 11, septiembre 2007, págs. 17-21.
8 Arango, P., op. cit. pág. 4
9 Ibidem. pág. 14.
10 Abel, F. “Comités de ética asistencial”, en Anales del Sistema Sanitario Navarro, 2006, 29 (supl. 3), pág. 78.
11 Vidal, S. op. cit. Pág. 15
12 Clínica es palabra que procede del griego klyne, término cuyo sentido queda claro recordando algunos de los términos en que interviene, como «inclinación», «triclinio», «clima » o «climaterio». Su sentido más usual fue el de «cama». De klyne procede también «clínica». Clínica es la actividad que se realiza ante la cama del enfermo. La clínica es siempre una actividad concreta, individual. Su misión consiste en diagnosticar y tratar a un enfermo concreto, determinado. Gracia, D., “La deliberación moral: el método de la ética clínica”, Med Clin (Barc) 2001; 117, pág. 18.
13 Vidal, S., op. cit. pág. 15
14 Ibidem. pág. 16.
15 Vidal, J.-Sarrias, X.-Ros, F. “¿Están siendo útiles los comités éticos asistenciales? Cuadernos de Bioética, XVII, 2006/3º, págs. 398.
16 Simó, R. “El centro de trabajo y su dimensión ética. Los comités éticos multidisciplinares” en Tomás, G. (ed.) Manuel de Bioética, Ed. Ariel, 2ª edición, 2006, pág. 121.
17 Ibidem. pág. 126.
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viernes, 26 de febrero de 2010
SOCIEDAD INTERNACIONAL DE BIOÉTICA: CONFERENCIA DE GUSTAVO BUENO.
La Sociedad Internacional de Bioética (SIBI) inauguró ayer su ciclo de conferencias 2010 y fue el catedrático emérito de Filosofía de la Universidad de Oviedo, Gustavo Bueno, el encargado de hacerlo. Y de hacerlo entre críticas ya desde el mismo título de su charla: 'Fundamentalismo científico y bioética'. Con su disposición habitual, más descriptiva que prescriptiva, y acudiendo a las fuentes documentales bibliográficas, comenzó por establecer cuatro tipos de fundamentalismos históricos, todos ellos de cuño relativamente reciente.
En principio, el fundamentalismo religioso, que situó en las primeras décadas del siglo XX, abarcando las dos orillas del Atlántico y, en consecuencia, la vertiente tanto protestante como católica. Por lo que se refiere al fundamentalismo protestante americano, habría surgido «a modo de reacción frente a la teología liberal que prosperaba en la época». Y un signo semejante tiene la encíclica del papa Pío X, que en 1907 «condena el modernismo y se opone a interpretaciones bíblicas desmitificadoras, como la de Renan».
Curioso resulta que posteriormente los fundamentalistas religiosos acudieran al mismo concepto para definir a científicos de la corriente de Hungtington, tildados asimismo de fundamentalistas por sus propuestas -entre otras- sobre la eugenesia. Así como a la escuela de la psicología conductista, a la que se denominó behaviorismo, y que Gustavo Bueno dibujó a la manera de «una psicología sin alma», concernida exclusivamente por los hechos.
Un tercer tipo sería el fundamentalismo democrático, que a juicio del profesor Bueno se extiende, particularmente en España, tras la caída de la URSS y en vísperas de las elecciones que llevaron a La Moncloa al presidente José María Aznar. A ese respecto, acusó directamente al grupo Prisa y a Felipe González de «extender la idea de que, en el fondo, aunque los hubiera votado el mismo pueblo que había sostenido al PSOE varias legislaturas, los nuevos gobernantes eran criptofranquistas».
Por último, habló del fundamentalismo primario, consistente en suponer que «la democracia es el fin de la historia, a lo que se añaden desvaríos que ponen el apellido democrático para todo, arte democrático u orgasmos democráticos», alusión la última a unas declaraciones del dirigente socialista Pedro Zerolo.
Opuso a ese fundamentalismo, un contrafundamentalismo que no sacraliza la democracia y una idea de cultura que «no es la de los concejales de cultura, a los cuales si les preguntas qué significa cultura, te miran de forma rara». Al paso, explicó que si le preguntan si es demócrata, la interrogación se aparte de lo importante. En todo caso, «la democracia funciona en este momento tecnólogico, pero eso no es fundamentalismo, sino funcionalismo».
Con ánimo de una mayor concreción, afirmó que el fundamentalismo científico aparece «en contextos bioéticos». Y la propia Bioética, comparecería «después de la Guerra Fría, en los años 70, para abordar problemas objetivos que estaban encomendados a otras disciplinas: la eugenesia, la ecología, el aborto, la clonación...». El problema estribaría en que la Bioética «es una de las ideas más confusas que existen, pues si se refiere a una conducta que va buscando el bien, ¿qué es el bien?. En la biocenosis, por ejemplo, sería la lucha a muerte por la propia vida...».
También opinió Bueno sobre la recién aprobada Ley del Aborto. A su juicio «tan bioética es la resolución de la comisión de científicos nombrada ad hoc por el Gobierno, como los postulados que mantiene la Conferencia Episcopal. Y, sin embargo, son dos puntos de vista imposibles de conciliar».
Un apunte en cuanto a la ley de plazos: «Al decidir que sean catorce o dieciséis semanas las consideradas legales para abortar, lo que ignoran es que el supuesto les viene, por vía inconsciente, de Santo Tomás y Aristóteles, los cuales creían en una época anterior al microscopio que hasta esas fechas no existía vida, sino un embrión coagulado, sin forma».
Frente a esas disyuntivas, planteó la formulación de una bioética antrópica, «que coloca al hombre en el centro de la biosfera», y una bioética anantrópica, «que consideraría al hombre una plaga más, como la de la langosta».
De nuevo, un antagonismo irresoluble, que le llevó a repetir la tesis de que «la bioética ni es ciencia, ni puede serlo; sólo una colección de problemas, con soluciones contradictorias». Por lo que apeló a «una bioética materialista y coherente, que está alejada de las síntesis armónicas».
En una última consideración del tiempo crítico en el que vivimos, conjeturó que «tras la crisis actual, vendrán cambios, pero serán graduales».
En principio, el fundamentalismo religioso, que situó en las primeras décadas del siglo XX, abarcando las dos orillas del Atlántico y, en consecuencia, la vertiente tanto protestante como católica. Por lo que se refiere al fundamentalismo protestante americano, habría surgido «a modo de reacción frente a la teología liberal que prosperaba en la época». Y un signo semejante tiene la encíclica del papa Pío X, que en 1907 «condena el modernismo y se opone a interpretaciones bíblicas desmitificadoras, como la de Renan».
Curioso resulta que posteriormente los fundamentalistas religiosos acudieran al mismo concepto para definir a científicos de la corriente de Hungtington, tildados asimismo de fundamentalistas por sus propuestas -entre otras- sobre la eugenesia. Así como a la escuela de la psicología conductista, a la que se denominó behaviorismo, y que Gustavo Bueno dibujó a la manera de «una psicología sin alma», concernida exclusivamente por los hechos.
Un tercer tipo sería el fundamentalismo democrático, que a juicio del profesor Bueno se extiende, particularmente en España, tras la caída de la URSS y en vísperas de las elecciones que llevaron a La Moncloa al presidente José María Aznar. A ese respecto, acusó directamente al grupo Prisa y a Felipe González de «extender la idea de que, en el fondo, aunque los hubiera votado el mismo pueblo que había sostenido al PSOE varias legislaturas, los nuevos gobernantes eran criptofranquistas».
Por último, habló del fundamentalismo primario, consistente en suponer que «la democracia es el fin de la historia, a lo que se añaden desvaríos que ponen el apellido democrático para todo, arte democrático u orgasmos democráticos», alusión la última a unas declaraciones del dirigente socialista Pedro Zerolo.
Opuso a ese fundamentalismo, un contrafundamentalismo que no sacraliza la democracia y una idea de cultura que «no es la de los concejales de cultura, a los cuales si les preguntas qué significa cultura, te miran de forma rara». Al paso, explicó que si le preguntan si es demócrata, la interrogación se aparte de lo importante. En todo caso, «la democracia funciona en este momento tecnólogico, pero eso no es fundamentalismo, sino funcionalismo».
Con ánimo de una mayor concreción, afirmó que el fundamentalismo científico aparece «en contextos bioéticos». Y la propia Bioética, comparecería «después de la Guerra Fría, en los años 70, para abordar problemas objetivos que estaban encomendados a otras disciplinas: la eugenesia, la ecología, el aborto, la clonación...». El problema estribaría en que la Bioética «es una de las ideas más confusas que existen, pues si se refiere a una conducta que va buscando el bien, ¿qué es el bien?. En la biocenosis, por ejemplo, sería la lucha a muerte por la propia vida...».
También opinió Bueno sobre la recién aprobada Ley del Aborto. A su juicio «tan bioética es la resolución de la comisión de científicos nombrada ad hoc por el Gobierno, como los postulados que mantiene la Conferencia Episcopal. Y, sin embargo, son dos puntos de vista imposibles de conciliar».
Un apunte en cuanto a la ley de plazos: «Al decidir que sean catorce o dieciséis semanas las consideradas legales para abortar, lo que ignoran es que el supuesto les viene, por vía inconsciente, de Santo Tomás y Aristóteles, los cuales creían en una época anterior al microscopio que hasta esas fechas no existía vida, sino un embrión coagulado, sin forma».
Frente a esas disyuntivas, planteó la formulación de una bioética antrópica, «que coloca al hombre en el centro de la biosfera», y una bioética anantrópica, «que consideraría al hombre una plaga más, como la de la langosta».
De nuevo, un antagonismo irresoluble, que le llevó a repetir la tesis de que «la bioética ni es ciencia, ni puede serlo; sólo una colección de problemas, con soluciones contradictorias». Por lo que apeló a «una bioética materialista y coherente, que está alejada de las síntesis armónicas».
En una última consideración del tiempo crítico en el que vivimos, conjeturó que «tras la crisis actual, vendrán cambios, pero serán graduales».
jueves, 18 de febrero de 2010
EL CASO GOSLING
Interesante artículo publicado en el diario "El Pais" de hoy, 18 de febrero. El conocido como "el caso Gosling" es el punto de partida para plantear otra vez el tema de la eutanasia. Y por supuesto una vez más se habla de muchas cosas, distintas, al mismo tiempo. Este es un extracto:
"El debate ha traspasado las fronteras británicas y ha llegado también a España. Nùria Terribas, directora del Instituto Borja de Bioética, afirma que el caso Gosling "refleja una realidad de muchas situaciones que en la práctica se están dando". "Hay familias o personas cercanas que pactan esta solución con sus seres queridos", afirma. "La sanidad debe poder cubrir este tipo de situaciones con un adecuado control de síntomas, pero en la práctica no siempre lo hace", por lo que "habría que hacer un cambio de legislación" sobre la eutanasia. "Es un tema que hay que abordar", insiste la bioética, aunque cree que el modelo holandés tiene un fallo: el control del médico se hace a posteriori, "cuando ya no hay remedio".
Mencionar el caso holandés es inevitable en este debate. Holanda fue el país pionero en legalizar, en 2001, la eutanasia, una decisión que sólo han seguido Bélgica, Luxemburgo y el estado de Oregón. Ahora vive otra discusión. Un grupo de médicos, políticos e intelectuales ha organizado un grupo, llamado Por Voluntad Propia, para promover la despenalización del suicidio asistido a partir de los 70 años. En tres días, han conseguido las 40.000 firmas necesarias para solicitar un debate parlamentario al respecto. Al contrario que con la eutanasia, legalizada en 2001 sólo para enfermos desahuciados, esta vez los suicidas, sanos, habrían perdido las ganas de seguir en el mundo. O mejor dicho, "consideran su vida completa y por tanto no desean prolongarla más".
Este planteamiento está muy alejado del que defiende en Reino Unido Care not Killing, que se opone tanto a la legalización de la eutanasia como del suicidio asistido "porque cualquier cambio legal puede poner presión en gente vulnerable, ancianos, discapacitados, enfermos, gente con depresión, para acabar con sus vidas para no ser una carga para la familia, la gente que les cuida, incluso la sociedad", explica Saunders. "La ley está ahí por razones de seguridad pública. Para impedir la explotación y el abuso sobre la gente más vulnerable. Eso significa que haya alguna gente que puede querer acabar con su vida o que acaben con su vida y que no está legalmente autorizada a ello. Es el precio que tenemos que pagar para proteger a la mayoría vulnerable", admite. La alternativa, dice, es asegurarse de que los enfermos no sufran. "No hace falta matar al paciente para matar el dolor. En buenas manos, la morfina no mata porque la dosis terapéutica siempre es inferior a la dosis letal". "En muchos de los casos que están en las noticias se trata de gente con gran determinación y creemos que a menudo presionan a sus seres queridos para que les ayuden a matarse. Tiene que haber protección legal también para sus seres queridos. La coerción puede operar en ambos sentidos. Las leyes están para proteger a los inocentes y los vulnerables, no para otorgar libertades a los más determinados".
Esta postura tiene su reflejo en España. El secretario de la Comisión de Deontología de la Organización Médica Colegial, Jacinto Bátiz, afirma: "Hay mucha gente que piensa que resolver el problema del enfermo es eso, quitarle la vida. Nosotros creemos que no", afirma. Bátiz remite a un artículo que acaba de publicar en la web medicosypacientes. "Desear tener una buena muerte es una legítima aspiración de los seres humanos. Es un imperativo ético para los médicos ayudar a nuestros enfermos a que mueran bien [...]. Hay enfermos que nos manifiestan en ocasiones: "Doctor, me siento una carga para mi familia, ¡ayúdeme! ¡no quiero seguir viviendo así!". La petición individual o social de la eutanasia debe ser considerada generalmente como una demanda de mayor atención y suele desaparecer cuando le ayudamos a solucionar el 'así".
La presidenta de la Fundación Bioética, María Dolores Espejo, cree que el método elegido por Gosling es "simplemente horrible". "Cuando se llega a eso, una persona necesita que la cuiden, no que la ayuden a morirse".
"El debate ha traspasado las fronteras británicas y ha llegado también a España. Nùria Terribas, directora del Instituto Borja de Bioética, afirma que el caso Gosling "refleja una realidad de muchas situaciones que en la práctica se están dando". "Hay familias o personas cercanas que pactan esta solución con sus seres queridos", afirma. "La sanidad debe poder cubrir este tipo de situaciones con un adecuado control de síntomas, pero en la práctica no siempre lo hace", por lo que "habría que hacer un cambio de legislación" sobre la eutanasia. "Es un tema que hay que abordar", insiste la bioética, aunque cree que el modelo holandés tiene un fallo: el control del médico se hace a posteriori, "cuando ya no hay remedio".
Mencionar el caso holandés es inevitable en este debate. Holanda fue el país pionero en legalizar, en 2001, la eutanasia, una decisión que sólo han seguido Bélgica, Luxemburgo y el estado de Oregón. Ahora vive otra discusión. Un grupo de médicos, políticos e intelectuales ha organizado un grupo, llamado Por Voluntad Propia, para promover la despenalización del suicidio asistido a partir de los 70 años. En tres días, han conseguido las 40.000 firmas necesarias para solicitar un debate parlamentario al respecto. Al contrario que con la eutanasia, legalizada en 2001 sólo para enfermos desahuciados, esta vez los suicidas, sanos, habrían perdido las ganas de seguir en el mundo. O mejor dicho, "consideran su vida completa y por tanto no desean prolongarla más".
Este planteamiento está muy alejado del que defiende en Reino Unido Care not Killing, que se opone tanto a la legalización de la eutanasia como del suicidio asistido "porque cualquier cambio legal puede poner presión en gente vulnerable, ancianos, discapacitados, enfermos, gente con depresión, para acabar con sus vidas para no ser una carga para la familia, la gente que les cuida, incluso la sociedad", explica Saunders. "La ley está ahí por razones de seguridad pública. Para impedir la explotación y el abuso sobre la gente más vulnerable. Eso significa que haya alguna gente que puede querer acabar con su vida o que acaben con su vida y que no está legalmente autorizada a ello. Es el precio que tenemos que pagar para proteger a la mayoría vulnerable", admite. La alternativa, dice, es asegurarse de que los enfermos no sufran. "No hace falta matar al paciente para matar el dolor. En buenas manos, la morfina no mata porque la dosis terapéutica siempre es inferior a la dosis letal". "En muchos de los casos que están en las noticias se trata de gente con gran determinación y creemos que a menudo presionan a sus seres queridos para que les ayuden a matarse. Tiene que haber protección legal también para sus seres queridos. La coerción puede operar en ambos sentidos. Las leyes están para proteger a los inocentes y los vulnerables, no para otorgar libertades a los más determinados".
Esta postura tiene su reflejo en España. El secretario de la Comisión de Deontología de la Organización Médica Colegial, Jacinto Bátiz, afirma: "Hay mucha gente que piensa que resolver el problema del enfermo es eso, quitarle la vida. Nosotros creemos que no", afirma. Bátiz remite a un artículo que acaba de publicar en la web medicosypacientes. "Desear tener una buena muerte es una legítima aspiración de los seres humanos. Es un imperativo ético para los médicos ayudar a nuestros enfermos a que mueran bien [...]. Hay enfermos que nos manifiestan en ocasiones: "Doctor, me siento una carga para mi familia, ¡ayúdeme! ¡no quiero seguir viviendo así!". La petición individual o social de la eutanasia debe ser considerada generalmente como una demanda de mayor atención y suele desaparecer cuando le ayudamos a solucionar el 'así".
La presidenta de la Fundación Bioética, María Dolores Espejo, cree que el método elegido por Gosling es "simplemente horrible". "Cuando se llega a eso, una persona necesita que la cuiden, no que la ayuden a morirse".
martes, 16 de febrero de 2010
MÁS SOBRE LA RELACIÓN MÉDICO-PACIENTE
Una muy interesante entrevista publicada en el diario "EL Pais" de hoy domingo:"Se puede enseñar al paciente a ser eficaz en consulta"
Entrevista con Ronald Epstein, profesor de Medicina de la Universidad de Rochester
JOAN CARLES AMBROJO - Barcelona - 16/02/2010
Muchos pacientes se quejan de que el médico no les entiende, otros abandonan el tratamiento y alguno se comporta violentamente en la consulta. Son fallos de comunicación que se corrigen con un mayor entrenamiento de los profesionales sanitarios y un papel más activo del paciente, dice Ronald Epstein, profesor de medicina familiar, psiquiatría y oncología y director del centro para la mejora de la comunicación en la Sanidad de la Universidad de Rochester, en Nueva York (EE UU). Epstein, que investigó en España hace unos años, ha recalado estos días en Cosmocaixa Barcelona para pronunciar la conferencia Mi médico no me entiende. En sus investigaciones ha descubierto que, de promedio, el médico interrumpe al paciente a los 23 segundos de iniciar la visita, pero también que la basura de los centros de salud rebosa de recetas: "El médico quiere tomar el control y el paciente a veces no cree en el tratamiento o no confía en el médico", afirma Epstein.
Pregunta. ¿Es tan difícil mejorar la relación médico-paciente?
Respuesta. Los médicos no estaban bien entrenados en habilidades de comunicación, pero se está mejorando. Se puede entrenar al sanitario en dar malas noticias, en afrontar la incertidumbre y las situaciones angustiosas para el paciente. Al paciente se le puede enseñar a ser más eficaz en la consulta, a organizar sus preguntas en una lista, priorizar los asuntos según sus valores y preocupaciones, informarse previamente y acudir con un familiar. Cuando pregunta al médico o le interrumpe para clarificar, el médico cambia su manera de comunicarse, da más información e implica más al paciente. Pero a veces el paciente no sabe qué preguntar, tiene demasiado miedo de la respuesta o no quiere parecer tonto. Otros factores son la falta de tiempo y valorar menos la comunicación que los hechos técnicos. En EE UU hay valores económicos que condicionan las acciones de los médicos: cobran más cuanto más tiempo están con el paciente.
P. La Seguridad Social paga a los médicos que den menos bajas.
R. En Inglaterra, el sistema público incentiva la calidad de atención. A más diabéticos controlados, ganas más. También es importante la estructura sanitaria: en España son una ventaja las enfermeras, que contestan preguntas y dan consejos. En EE UU tenemos centros con navegadores, unos guías comunitarios para pacientes diagnosticados con cáncer y bajo nivel de educación. Estas personas se encargan de que entiendan el diagnóstico, sepan qué preguntar y les ayudan a cumplir los tratamientos. Algunos seguros pagan a estos navegadores: si el paciente cumple el tratamiento costará menos, piensan.
P. ¿De qué sirve tener más tiempo con el paciente si a los 23 segundos le interrumpe?
R. El médico no necesariamente cambia de tema, pero sí toma el control. Bueno, si el paciente vuelve a preguntar, puede cambiar esa situación. Los médicos normalmente no quieren silenciar al paciente, aunque también hay pacientes problemáticos.
P. En la última década, en España se han cuadruplicado las reclamaciones por mala práctica médica. ¿A qué se debe esa mayor insatisfacción e incluso violencia?
R. En mi país no he visto esa clase de violencia. La gran mayoría de denuncias son por falta de comunicación. Hay bastantes errores médicos, es un arte inexacto. Las denuncias son una combinación de un error y de falta de comunicación. También muchos pacientes denunciaban porque creían que se había cometido un error, y no era así.
P. ¿Cómo solucionarlo?
R. En EE UU y Canadá existen acciones para mejorar la disculpa de los errores. Piden a los médicos que cuando cometan un error, lo admitan y hablen con el paciente, le digan por qué ocurrió, qué puede hacer para repararlo y cómo prevenir para que no suceda de nuevo. Es un experimento interesante y parece que a los pacientes les gusta. En algún centro no ha reducido el número de denuncias, pero sí la cantidad que pide el paciente, más como reparación que penalización. A veces, los pacientes no tienen otra opción que denunciar si quieren recuperar los gastos de su tratamiento para reparar el error.
P. ¿Qué nuevas técnicas usan para entrenar a los médicos?
R. Recientemente, publicamos un estudio sobre comunicación más atenta y presente. Normalmente, los médicos funcionamos con piloto automático, con rutinas, no estamos atentos a las peculiaridades de cada situación, ni ponemos mucha atención a nuestras emociones y reacciones. El médico aprende con la meditación y el yoga a observar sus propios sentimientos, pensamientos y reacciones. También los formamos para la escucha atenta. Los resultados del estudio: se redujo considerablemente el malestar de los médicos, que conectaban más con los pacientes, que los veían ahora como únicos.
P. ¿Y qué dice de la información médica en Internet?
R. El balance es positivo. En Internet hay buena información que aportar a la consulta y también oportunistas de los desesperados. Se debe buscar con criterio y el médico debe hacer de filtro.
Entrevista con Ronald Epstein, profesor de Medicina de la Universidad de Rochester
JOAN CARLES AMBROJO - Barcelona - 16/02/2010
Muchos pacientes se quejan de que el médico no les entiende, otros abandonan el tratamiento y alguno se comporta violentamente en la consulta. Son fallos de comunicación que se corrigen con un mayor entrenamiento de los profesionales sanitarios y un papel más activo del paciente, dice Ronald Epstein, profesor de medicina familiar, psiquiatría y oncología y director del centro para la mejora de la comunicación en la Sanidad de la Universidad de Rochester, en Nueva York (EE UU). Epstein, que investigó en España hace unos años, ha recalado estos días en Cosmocaixa Barcelona para pronunciar la conferencia Mi médico no me entiende. En sus investigaciones ha descubierto que, de promedio, el médico interrumpe al paciente a los 23 segundos de iniciar la visita, pero también que la basura de los centros de salud rebosa de recetas: "El médico quiere tomar el control y el paciente a veces no cree en el tratamiento o no confía en el médico", afirma Epstein.
Pregunta. ¿Es tan difícil mejorar la relación médico-paciente?
Respuesta. Los médicos no estaban bien entrenados en habilidades de comunicación, pero se está mejorando. Se puede entrenar al sanitario en dar malas noticias, en afrontar la incertidumbre y las situaciones angustiosas para el paciente. Al paciente se le puede enseñar a ser más eficaz en la consulta, a organizar sus preguntas en una lista, priorizar los asuntos según sus valores y preocupaciones, informarse previamente y acudir con un familiar. Cuando pregunta al médico o le interrumpe para clarificar, el médico cambia su manera de comunicarse, da más información e implica más al paciente. Pero a veces el paciente no sabe qué preguntar, tiene demasiado miedo de la respuesta o no quiere parecer tonto. Otros factores son la falta de tiempo y valorar menos la comunicación que los hechos técnicos. En EE UU hay valores económicos que condicionan las acciones de los médicos: cobran más cuanto más tiempo están con el paciente.
P. La Seguridad Social paga a los médicos que den menos bajas.
R. En Inglaterra, el sistema público incentiva la calidad de atención. A más diabéticos controlados, ganas más. También es importante la estructura sanitaria: en España son una ventaja las enfermeras, que contestan preguntas y dan consejos. En EE UU tenemos centros con navegadores, unos guías comunitarios para pacientes diagnosticados con cáncer y bajo nivel de educación. Estas personas se encargan de que entiendan el diagnóstico, sepan qué preguntar y les ayudan a cumplir los tratamientos. Algunos seguros pagan a estos navegadores: si el paciente cumple el tratamiento costará menos, piensan.
P. ¿De qué sirve tener más tiempo con el paciente si a los 23 segundos le interrumpe?
R. El médico no necesariamente cambia de tema, pero sí toma el control. Bueno, si el paciente vuelve a preguntar, puede cambiar esa situación. Los médicos normalmente no quieren silenciar al paciente, aunque también hay pacientes problemáticos.
P. En la última década, en España se han cuadruplicado las reclamaciones por mala práctica médica. ¿A qué se debe esa mayor insatisfacción e incluso violencia?
R. En mi país no he visto esa clase de violencia. La gran mayoría de denuncias son por falta de comunicación. Hay bastantes errores médicos, es un arte inexacto. Las denuncias son una combinación de un error y de falta de comunicación. También muchos pacientes denunciaban porque creían que se había cometido un error, y no era así.
P. ¿Cómo solucionarlo?
R. En EE UU y Canadá existen acciones para mejorar la disculpa de los errores. Piden a los médicos que cuando cometan un error, lo admitan y hablen con el paciente, le digan por qué ocurrió, qué puede hacer para repararlo y cómo prevenir para que no suceda de nuevo. Es un experimento interesante y parece que a los pacientes les gusta. En algún centro no ha reducido el número de denuncias, pero sí la cantidad que pide el paciente, más como reparación que penalización. A veces, los pacientes no tienen otra opción que denunciar si quieren recuperar los gastos de su tratamiento para reparar el error.
P. ¿Qué nuevas técnicas usan para entrenar a los médicos?
R. Recientemente, publicamos un estudio sobre comunicación más atenta y presente. Normalmente, los médicos funcionamos con piloto automático, con rutinas, no estamos atentos a las peculiaridades de cada situación, ni ponemos mucha atención a nuestras emociones y reacciones. El médico aprende con la meditación y el yoga a observar sus propios sentimientos, pensamientos y reacciones. También los formamos para la escucha atenta. Los resultados del estudio: se redujo considerablemente el malestar de los médicos, que conectaban más con los pacientes, que los veían ahora como únicos.
P. ¿Y qué dice de la información médica en Internet?
R. El balance es positivo. En Internet hay buena información que aportar a la consulta y también oportunistas de los desesperados. Se debe buscar con criterio y el médico debe hacer de filtro.
lunes, 8 de febrero de 2010
Consideraciones sobre el embrión humano del GIB del Instituto Borja de Bioética
Ha tenido poca difusión, fuera de los foros especializados, un documento fundamental para entender en su totalidad la cuestión del aborto. Desde una orientación cristiana - lo que le ha ocasionado no pocas críticas desde muchos ámbitos "oficialistas" católicos - el Instituto Borja de Bioética, de la Universidad Ramón LLull, y a través de su Grupo Interdisciplinario de Bioética, ha realizado un magnífico documento que, sin tener que estar de acuerdo con él en su totalidad, aclara muchos conceptos y da luz en una polémica que se ha tornado oscura y agria. Dejo el enlace y resalto unos párrafos como antesala.
"Partiendo de la consideración ya hecha,de entender como vida humana en proceso la del embrión implantado digno de ser protegido, entendemos como principio general que hay que hacer todo lo posible para procurar la continuación de la gestación hasta el nacimiento, en condiciones de salud y sin riesgos para la madre. No obstante,somos conscientes de que hay múltiples factores que pueden concurrir en una gestación, implicando un conflicto de valores que una reflexión ética rigurosa ha de tener en cuenta.(...) En efecto, al tomar una decisión sobre la interrupción de la gestación, entran en conflicto dos valores: el de la autonomía reproductiva de la mujer y el de la vida del feto. Se trata, por tanto, de un dilema moral, de difícil resolución, donde pueden confluir circunstancias muy variadas, que ha de ponderar la gestante desde sus propios valores, que le permitirán tomar una decisión en conciencia (...) En este sentido, despenalizar no ha de implicar normalizar. Despenalizar supone reconocer el problema de los embarazos no deseados o de aquellas situaciones de gestación con dificultades para llevarlas adelante, dando opciones a su solución".
"Por convicción y sensibilidad, nos manifestamos, en principio, contra la interrupción del embarazo, que siempre supone poner fin a una vida humana iniciada, pero también reconocemos la existencia de graves cuestiones técnicas y éticas que, desgraciadamente, se presentan y plantean situaciones que piden ponderar valores en conflicto".
http://www.ibbioetica.org/es/img/home/BD_57_esp_F
"Partiendo de la consideración ya hecha,de entender como vida humana en proceso la del embrión implantado digno de ser protegido, entendemos como principio general que hay que hacer todo lo posible para procurar la continuación de la gestación hasta el nacimiento, en condiciones de salud y sin riesgos para la madre. No obstante,somos conscientes de que hay múltiples factores que pueden concurrir en una gestación, implicando un conflicto de valores que una reflexión ética rigurosa ha de tener en cuenta.(...) En efecto, al tomar una decisión sobre la interrupción de la gestación, entran en conflicto dos valores: el de la autonomía reproductiva de la mujer y el de la vida del feto. Se trata, por tanto, de un dilema moral, de difícil resolución, donde pueden confluir circunstancias muy variadas, que ha de ponderar la gestante desde sus propios valores, que le permitirán tomar una decisión en conciencia (...) En este sentido, despenalizar no ha de implicar normalizar. Despenalizar supone reconocer el problema de los embarazos no deseados o de aquellas situaciones de gestación con dificultades para llevarlas adelante, dando opciones a su solución".
"Por convicción y sensibilidad, nos manifestamos, en principio, contra la interrupción del embarazo, que siempre supone poner fin a una vida humana iniciada, pero también reconocemos la existencia de graves cuestiones técnicas y éticas que, desgraciadamente, se presentan y plantean situaciones que piden ponderar valores en conflicto".
http://www.ibbioetica.org/es/img/home/BD_57_esp_F
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