jueves, 26 de marzo de 2020


@germenbioetica

lunes, 23 de marzo de 2020

CARMEN RODRIGO: LA JOYA JURÍDICA DEL CORONAVIRUS


 De el blog de Carmen Rodrigo de Larrucea Derecho y Salud no van siempre de la mano


"Recuerdan hace unas semanas en Canarias aislaban un hotel de Adeje al haberse detectado un positivo a coronavirus? Pues ha llegado a mis manos el Auto de ratificación de Medidas Sanitarias Urgentes y es una joya jurídica por lo impecable de su argumentación"
TEXTO COMPLETO AQUÍ
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Coronavirus – Salud pública y bioética Desde hace unos días se nos pide una panoplia de medidas individuales con una trascendente repercusión colectiva. Para poder adherirse a las medidas de distancia social, cambiar los hábitos de saludo…compartido por Carmen Rodrigo

domingo, 22 de marzo de 2020

EL TRIAJE NO ES EUTANASIA


   Vivimos tiempos confusos. La inseguridad y la incertidumbre se ha apoderado de la sociedad. La perplejidad es la nota dominante. Es difícil, muy difícil, permanecer fríos ante lo que nos rodea. Conocemos la situación que se está pasando en el ámbito sanitario: los dilemas éticos se plantean de continuo, sin tiempo suficiente, con urgencia. Hay que elegir. Por eso doy la bienvenida, nuevamente, al compañero Don Pedro Pinto Sancristoval que asume, a continuación, el reto de intentar dar luz en un problema que lamentablemente se está sufriendo diariamente en los hospitales españoles, ante esta epidemia, a la vista de la falta de material médico terapéutico suficiente para atender a todos los pacientes. El problema es acuciante, un reto bioético de primer nivel. Si hay que elegir, usted ¿qué haría?

EL TRIAJE NO ES EUTANASIA
Con este comentario de urgencia, me propongo salir al paso de lo que me parece un error que se está cometiendo con frecuencia, por gentes bienintencionadas que están exigiendo a los técnicos de la sanidad lo que éstos no pueden dar. En varios grupos de whatsapp leo recurrentes críticas aceradas a los médicos por estar haciendo acepción de personas en la aplicación de medios terapéuticos, entre acusaciones, escasamente veladas, de estar practicando una eutanasia de hecho, por no considerar todas las vidas igual de valiosas. Es muy duro oír permanentemente en las noticias que cierto número de pacientes han muerto y que a algunos de ellos no se les pudo dar todas las opciones terapéuticas, y por eso la patada es comprensible en términos emocionales, pero creo que quienes la propinan no están escogiendo el trasero adecuado, porque el destinatario de la invectiva pudiera ser el poder político que ha abierto un debate sobre la eutanasia, pero nunca el técnico sanitario que sencillamente está haciendo lo que puede en las circunstancias en las que le ha colocado la decisión de las autoridades, con los medios puestos a su disposición por ellas, y en el contexto de una situación epidémica notoriamente excepcional. Por eso me parece tan injusto como frívolo que se esté acusando a los profesionales de la medicina de prácticas poco menos que eugenésicas. Creo que la crítica sería menos acerba si cualquiera se pusiera idealmente en la tesitura de tener que escoger, en situación límite, entre salvar a una abuela de noventa años o a su nieta de diecisiete.
La eutanasia -es de todos conocido- es una práctica que de modo deliberado se ordena a la causación de la muerte del paciente, porque se estima razonable como opción ética. Sólo para que el equívoco no quede entre nosotros, aclaro en este momento que mi posición es radicalmente contraria a ella, por razones que se escapan del objeto de estas notas, porque lo que me interesa destacar es el grueso desenfoque lógico que supone entender como práctica eutanásica la elección, en una situación extrema, de a quién facilitar un medio terapéutico escaso y de imposible uso compartido.
Entiendo que quienes critican a los médicos por -digámoslo claramente- asignar los respiradores o las camas de UCI a pacientes jóvenes, sin enfermedades previas o, en general, con un mayor pronóstico de curación, están en el fondo razonando como el oficial de estado mayor caricaturizado por el chiste, que comienza su aportación al planeamiento de la operación con su “supongamos que tenemos…”. Porque, efectivamente, supongamos que tenemos en España dos millones de camas hospitalarias con sus respiradores en perfecto estado de ser atendidas por personal cualificado (que igualmente nos sobra), y, ya puestos, un millón de camas de UCI, también con su personal especializado. En esas condiciones, es obvio que los médicos no se verían forzados a escoger a quién dedicar cada recurso y atenderían con igual dedicación a todo enfermo que traspasara el umbral del hospital. En ese mundo ideal sí podríamos debatir si la denegación de asistencia a un paciente es legítima o no en términos morales. Ahora, abandonemos las ensoñaciones estratégicas y bajemos, como los buenos profesionales, a la arena de la logística. Porque ese médico, ese enfermero, ese auxiliar a los que se critica, desearían, sin duda, vivir en la arcadia feliz de la sobreabundancia de medios, pero lo que tienen, desde hace días, es una situación crítica en la que tienen que decidir, hic et nunc, a quién se conecta al respirador o a quién se ingresa en la UCI. Ver a un médico angustiado en esa situación, teniendo que tomar una decisión de ese calibre y vivir con ella, y pretender que su opción no es producto de un juicio profesional ponderado, sino una ligereza fruto de un prejuicio inmoral contrario al valor de la vida del enfermo es, como dije más arriba, profundamente injusto en un personal cuya vocación le ha conducido a vestir una bata blanca y que, sin duda alguna, no es responsable de la escasez logística que le viene dada, pero sí de optimizar el uso de los medios de que dispone.
En cualquier régimen político democrático, la crítica de las decisiones del poder, cuando se juzgan equivocadas, es muy saludable, e incluso necesaria para hacer efectiva la responsabilidad política (porque es ésta y no la mera celebración periódica de elecciones lo que constituye la esencia de una genuina democracia). Y por eso me parecería muy bien que se cuestionase cualquier decisión que pudiera haber colocado al facultativo en la tesitura de tener que escoger, pero no a éste por escoger con un criterio de viabilidad de supervivencia. Porque, efectivamente, todas las vidas de los pacientes son, en cuanto tales, axiológicamente iguales, y por eso los poderes públicos, cuando se avecina una epidemia, han de hacer todo cuanto esté en su mano por minimizar su expansión y maximizar los medios sanitarios para hacer frente a ella, teniendo en cuenta la protección adicional que pueda necesitar la población vulnerable. Eso les es exigible a los responsables políticos. Pero al facultativo, que no puede elegir en qué mundo vive cada día, cuando está en una situación crítica y ha de asignar los medios limitados a pacientes ilimitados, nadie puede reprocharle que escoja atender a quien prudencialmente tiene mejor pronóstico. Y el que se lo quiera reprochar, que aporte un criterio alternativo moralmente preferible, a ver si asignando los respiradores por orden alfabético o por sorteo, la estadística de muertos parece más tolerable. Me permito aventurar que no.