"Los hombres dejan de entenderse porque el significado de las palabras ya no tiene la misma relación con las cosas, porque los hombres han cambiado los significados a su arbitrio"
Tucídides

miércoles, 19 de agosto de 2015

"HER": una lectura ...


Es cierto, a primera vista nos puede parecer inverosímil. Pero en cuanto seamos capaces de evitar esos prejuicios, inevitables, por los que pretendemos situarnos muy alejados de lo que acontece, reconoceremos esa dinámica cada día más presente. No hace falta rebuscar demasiado, basta con mirar a nuestro alrededor, es tanta la gente cuya vida depende de una pantalla... en definitiva de un sistema operativo, de igual forma que el protagonista de esta cautivadora película, adusta y seca, porque no necesita más adorno que el grito mudo que está presente continuamente en la desesperada soledad de un Joaquín Phoenix perfecto en su papel. Es una película real, quizás demasiado real, porque aunque la trama fílmica parezca plantear una increible situación, incluso ridícula, lo cierto es que no deja de ser una simple metáfora de lo que está presente en nuestra sociedad. El protagonista de “Her” (Spike Jonze, Estados Unidos, 2013) ha encontrado simplemente lo que buscaba, alguien hecho a su imagen y semejanza, alguien perfecto y que le dá todo, incluso el sexo. El sexo es virtual, pero ¿no es lo que acontece hoy en día?
La clave de lectura del film se encuentra en la respuesta de Theodor (J. Phoenix) en el protocolo de iniciación del sistema operativo, cuando se le pregunta por su madre: “How would you describe your relationship with your mother? Fine, I think, ahm, well actually… I think, what is always frustrating about my mom is... you know, if I tell her something that is going on in my life, her reaction is usually about her, it`s not about...”
“Her” al inicio de la frase “if I tell her something that is going on in my life, her reaction is usually about her” opera como adjetivo posesivo, y se refiere a la reacción asignada a un sujeto del que se habla, sujeto que reaparece como pronombre objeto de una preposición deja tras de sí al “yo” de la enunciación, finalmente, el aparato no da tiempo a Theodor de cerrar la frase con el “me” correspondiente (R. Olmedo).
Todo lo anterior viene a resultas de volver a visionar una vez más la citada película, que me sigue pareciendo una perfecta metáfora del presente, una película extraordinariamente sensible y dura a la vez. La base del argumento parece una excentricidad, y es un comentario general al respecto: ¿quién puede enamorarse de un sistema operativo? Es evidente que este aspecto es una disculpa, una mera herramienta narrativa, en definitiva, repito, una simple metáfora, porque Her es una película de amor, de amor y soledad extrema, de desesperación… Llevado al campo musical podría compararse con una sombría y maravillosa canción de amor “Estrella de la Muerte” (Iván Ferreiro):Mátame/ Mátame mucho/ Estrella de la muerte/ Cibernética Eterna/ Estrella plateada... / Y no dejes que jamás se junten los trozos del cristal... / Ni el bien ni el mal... /Estrella estrellita / Mátame por vanidad / Y no me mates como a todos / Desde tu vientre explotaré / … / Si tu lengua es meteoro / Que la mía sea de cristal / Que me mande unas palabras que me hagan tiritar... / Quiero que me alcances, que me alcance / Tu rayo sideral... / Estrella de la muerte, Cibernética eterna...”
Recordemos brevemente el argumento: En un futuro cercano, distópico, donde las personas viven y se relacionan a través de redes sociales informáticas y la interacción con las máquinas se define como normal, Theodore, un escritor de cartas por encargo, con un divorcio traumático a cuestas, vive en perpetua melancolía, rodeado de “gadgets”, y adquiere un nuevo sistema operativo. Diseñado para satisfacer todas las necesidades del usuario, es intuitivo, escucha y entiende, y lo programa con voz femenina, que responde; es "Samantha", agradable, simpática, divertida, compasiva, sabe escuchar, da buenos consejos y para sorpresa de Theodore, y de los espectadores,  ambos no tardan en enamorarse, y a nadie parece extrañar, es plenamente aceptado por sus amistades, y llega hasta tal punto, es tan íntima su interacción, que incluso rechaza relaciones reales. Las cuestiones se agolpan rápidamente, llevándonos a preguntarnos si la ausencia de cuerpo conlleva la existencia de emociones reales.
 
Quizá lo que ha encontrado es su propia conciencia, la posibilidad de que exista puede que no sea tan importante, puesto que lo que le importa es lo que podría ser, no lo que es. Es un grito desesperado en una noche fría y perpetua. 
 
El hecho de conocer que es máquina nos hace desprendernos de intentar entender a “Samantha”. Pero dudo que se haya planteado en el guión despreciar ese aspecto. La realidad en que nos movemos, y está a nuestro alrededor de una manera mucho más amplia de lo que pensamos, nos lleva a no despreciar las relaciones virtuales, y a “Samantha” hay que leerla desde ese punto de vista. Los actuales dispositivos informáticos permiten “conocer” y “mantener relaciones” con personas que ni conocemos personalmente, ni pensamos conocer. No es necesario. El mundo en que se mueven se limita al propio “yo”, no hace falta conocer físicamente a nadie, puesto que esta relación se centra en el propio sujeto, y no es necesario conectar emocionalmente con otro individuo. La soledad explica este contexto. Se buscan relaciones no para dar sino exclusivamente para recibir. Es una autosatisfacción, y en cierta medida “Samantha” quiere representar ese aspecto, tiene relaciones con miles de “usuarios” y se “enamora” de cientos de ellos. El círculo se cierra. Cada uno ha encontrado en su relación lo que buscaba. Es la realidad. Luego vienen las decepciones y los desengaños, por ambas partes, pero al menos se nos da una escapatoria final “humana”, pero podría haber sido cualquier otra, igualmente creible y puede que más cierta …