"Los hombres dejan de entenderse porque el significado de las palabras ya no tiene la misma relación con las cosas, porque los hombres han cambiado los significados a su arbitrio"
Tucídides

jueves, 8 de octubre de 2015

... Y NOS ACORDAMOS DE ...

No voy a comentar el asunto que a todos nos conmueve de la niña de Santiago. No es el momento. Información y opinión sobre ello caen en cascada sobre todos nosotros, y estaremos a favor, en contra, o reconoceremos, si somos sinceros, que no sabemos todavía nada sobre el asunto porque carecemos de la información básica para opinar con fundamento. Pero no importa, hoy en día eso es lo de menos. He comentado más de una vez que la bioética necesita reflexión y pausa, y no la hay, pero no puedo dejar de rememorar una antigua entrada de 2011, que voy a reproducir, que nos hará tener presente que asuntos como el comentado ocurren todos los días. Fue también muy polémico – hace sólo cuatro años -, y muchos argumentos esbozados entonces se pueden dar por reproducidos hoy.

 “Como era de esperar ha tenido una gran repercusión en los medios de comunicación el caso de Doña Ramona Estévez. Y una vez más se ha buscado politizar la noticia. Lo importante es poner el énfasis en aquéllos aspectos que pueden dar razón a unos o a otros. Atrás se deja el conocimiento, la discusión, el cuestionamiento ético, en fin todo aquello que nos sirva para ahondar en el problema y al menos – ¡qué menos!- hablar con conocimiento de causa. La noticia ha sido titulada de diversas maneras: “la ley de muerte digna se aplica por primera vez a una paciente don daño cerebral irreversible” (elplural.com), “obligado un hospital por primera vez a quitar la sonda a una enferma” (elpais.com), “Salud obliga a un hospital de Huelva a aplicar la ley de muerte digna con una enferma” (efe, el mundo.es), “aval para la muerte digna de Ramona” (EL PAIS), “el obispo insta a la sociedad a que ayude a vivir a la anciana” (huelvainformacion.es). Desde nuestro punto de vista, ninguno de estos titulares, dice la verdad, tampoco en el cuerpo de la noticia. Al menos la verdad completa, sólo la parte que interesa para aplauso de sus seguidores, que ya saben de antemano lo que van a leer. En fin, como se ve, y era de esperar, una polémica instalada en la sociedad que ha trascendido una vez más. Doña Ramona falleció a los 14 dias de retirarle la alimentación e hidratación. No consta si la muerte fue por este motivo o por razón de su patología. Sólo una pausada reflexión puede llevarnos a un verdadero acercamiento al problema. Conocer de qué estamos hablando es el requisito indispensable para tener una opinión formada. Aunque esté equivocada. En el caso presente se carece de una información suficiente, pues nos limitamos a lo que expresan los medios de comunicación social. La situación clínica de la paciente es fundamental para orientarnos. Pese a ello, y quizá precisamente por ello, es exigible recordar diversos conceptos previos. En primer lugar se hace necesario diferenciar la muerte clínica, que entendemos es la verdadera, de la muerte biológica, que puede posponerse a aquélla, y más allá de sus límites naturales, manteniendo, artificialmente, una vida inviable a través de la llamada reanimación de dos funciones vitales, la respiratoria y la cardiaca, y ello a pesar del coma irreversible del paciente, cuyo cerebro carece de actividad. A la vista de lo expresado es fundamental conocer en qué situación se encontraba la paciente. Obviamente, si estuviera muerta clínicamente, lo que no consta, no habría dilema, puesto que efectivamente sólo se mantendría una vida biológica. Lo que ha trascendido es que aparentemente se encuentra en un proceso irreversible, irrecuperable. Pero esto ¿qué significa? Volvamos al concepto. Podemos entender por enfermedad terminal, aquella enfermedad incurable y progresiva con posibilidades limitadas de respuesta al tratamiento especifico, asociada a la presencia de síntomas múltiples; con importante impacto emocional tanto en el enfermo, como en la familia e incluso en el equipo sanitario y que condiciona un pronóstico de vida limitado.

La toma de decisiones ante el enfermo terminal suele ser siempre difícil y ha de basarse necesariamente en la evaluación de la extensión global de la enfermedad; el estado general previo del enfermo; la situación sintomática; las posibilidades reales de respuesta terapéutica y el pronóstico previsible una vez establecidas las medidas terapéuticas (IRURZUN). La agonía más que un síntoma de los enfermos en fase terminal constituye la última fase de su enfermedad que abarca desde las últimas horas hasta los 3-5 últimos días según los diversos autores (aunque a veces este período puede ser más largo) y que se define como el estado de dolor, lucha y sufrimiento que padecen las personas antes de morir de aquellas enfermedades en las que la vida se extingue gradualmente. En esta situación se produce un deterioro progresivo de las funciones físicas, biológicas, emocionales y de relación con el entorno consecuencia de la evolución de su enfermedad. La hidratación por sonda nasogástrica o por vía endovenosa es habitualmente beneficiosa para un enfermo terminal, puesto que se contribuye al bienestar del paciente; sin embargo en el caso del paciente agónico, que normalmente es incapaz, la hidratación no aporta beneficios, y se convertirá en un cuidado extraordinario, por lo que se aboga claramente por su suspensión cuando se está ya en un proceso irreversible. Lo antedicho no es un tema controvertido, al contrario, podemos decir que es pacífico en la doctrina desde hace mucho tiempo, partiendo obviamente que nos encontremos en una situación efectivamente irreversible. ¿Es posible que en este caso nos hayamos encontrado, lo que es habitual, con personal médico que por ignorancia/miedo/soberbia (táchese lo que no proceda) no ha tomado una decisión que quizá tenía que estar muy clara? Ni siquiera podríamos recurrir siquiera al recurso fácil de criticar una postura radical cristiana – que desde la distancia, respeto mucho -, puesto que hasta la Congregación para la Doctrina de la Fe en su Declaración de 5 de mayo de 1980, dice que "es lícito en conciencia tomar la decisión de renunciar a unos tratamientos que producirían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia... (máxime cuando a veces) las técnicas empleadas imponen al paciente sufrimientos y molestias mayores que los beneficios que se puedan obtener de los mismos". Y puede ser obligación moral cuando con la aplicación de tales medios extraordinarios o desproporcionados sólo se consigue lo que la medicina francesa llama "encarnizamiento terapéutico", que instrumentaliza al ser humano (Juan Pablo II, a la "Academia Pontificia de Ciencias", 23-X-1982), cuya dignidad es preciso "proteger en el momento de la muerte... contra un tecnicismo que corre el riesgo de ser abusivo" (Juan Pablo II, 22-VII-1982). En la ortotanasia no hay eutanasia, ni positiva (porque el médico no acelera positivamente la muerte del paciente), ni negativa (porque no priva al paciente de los cuidados ordinarios) En la ortotanasia sólo se priva al paciente de los medios extraordinarios, los cuales más que prolongar razonablemente la vida serían una tentativa desesperada y hasta cruel de prolongar la muerte. En tales casos, porque no se mata, no se hace morir, no hay más que una "aceptación de la condición humana" y un dejar hacer a la Naturaleza, contra la cual la lucha se hizo imposible (MARCOZZI). Es más, visto lo anterior, no habría hecho falta recurrir a la tan citada ley andaluza (Ley 2/2010, de 8 de abril, de Derechos y Garantías de la dignidad de la Persona en el Proceso de la Muerte: “Artículo 8. Derecho al rechazo y a la retirada de una intervención. 1. Toda persona tiene derecho a rechazar la intervención propuesta por los profesionales sanitarios, tras un proceso de información y decisión, aunque ello pueda poner en peligro su vida. Dicho rechazo deberá constar por escrito. Si no pudiere firmar, firmará en su lugar otra persona que actuará como testigo a su ruego, dejando constancia de su identificación y del motivo que impide la firma por la persona que rechaza la intervención propuesta. Todo ello deberá constar por escrito en la historia clínica”), y ni siquiera a la ley 41/2002, que ya lo regulaba (art. 2.4: “todo paciente o usuario tiene derecho a negarse al tratamiento, excepto en los casos determinados en la ley. Su negativa al tratamiento constará por escrito”) tal como indica incluso la primera (Artículo 18. Deberes respecto a la toma de decisiones clínicas. 1. El médico o médica responsable, antes de proponer cualquier intervención sanitaria a una persona en proceso de muerte, deberá asegurarse de que la misma está clínicamente indicada, elaborando su juicio clínico al respecto basándose en el estado de la ciencia, en la evidencia científica disponible, en su saber profesional, en su experiencia y en el estado clínico, gravedad y pronóstico de la persona afecta. En el caso de que este juicio profesional concluya en la indicación de una intervención sanitaria, someterá entonces la misma al consentimiento libre y voluntario de la persona, que podrá aceptar la intervención propuesta, elegir libremente entre las opciones clínicas disponibles, o rechazarla, en los términos previstos en la presente Ley y en la Ley 41/2002, de 14 de noviembre). Bastaba el sentido común. Aunque ya sé que corren malos tiempos para este sentido. Quedan muchas preguntas en el aire dadas las limitaciones de las noticias extraídas de los medios de comunicación, quizá una de las más interesantes es saber si hubo, al menos la posibilidad, de consultar el Comité de Ética Hospitalaria, caso de que existiese.”







martes, 25 de agosto de 2015

UN ANIVERSARIO: LOS SECRETOS INCONFESABLES DEL KATRINA


El 23 de agosto de 2005 el huracán Katrina se formó sobre las Bahamas y cruzó el sur de Florida como un huracán de categoría 1 moderado, causando algunas muertes e inundaciones antes de fortalecerse rápidamente en el golfo de México. Tras haber alcanzado la categoría 5, la tormenta se debilitó antes de tocar tierra por segunda vez como un huracán de categoría 3 el 29 de agosto en el sudeste de Luisiana. El Katrina devastó las costas del golfo desde Florida a Texas debido a su intensificación. El mayor número de muertes se registró en Nueva Orleans, que quedó inundada porque su sistema de diques falló, colapsándose muchos de ellos varias horas después de que el huracán hubiese continuado tierra adentro. El 80% de la ciudad así como grandes superficies de parroquias colindantes quedaron anegadas, manteniéndose así durante semanas. 

En medio de la inundación que siguió al huracán, un grupo de médicos y enfermeras del hospital más importante de Nueva Orleans se enfrentó a decisiones dramáticas: ¿qué hacer con los enfermos más críticos? Inyectarles sedantes para apresurar su muerte y concentrarse en salvar a los pacientes con más posibilidades de vivir fue la opción.  Los dilemas bioéticos que tuvieron que plantearse fueron impresionantes. Poco se ha hablado de las dramáticas situaciones vividas en unas circunstancias que llevaron al límite las conciencias, porque en definitiva, ¿usted que hubiera hecho? 

En recuerdo de aquéllos hechos se reproduce la  segunda parte y final del reportaje del “The New York Times Magazine”, que corrió a cargo de Sheri Fink 

“Karen Wynn, la enfermera de Cuidados Intensivos, dijo que no tenía miedo de permanecer en el hospital después del toque de queda de las 5 pm anunciado por la policía estatal. Ella ya había decidido ignorar el plazo de evacuación y quedarse en el hospital hasta que todos los sobrevivientes hubieran sido sacados de ahí. Estaba motivada por lo mal que se veían los pacientes, dijo.
Wynn contó que se acercó a una mujer anciana que estaba inconsciente y con una respiración trabajosa. Ella preparó una jeringa con morfina y midazolam, la inyectó lentamente en el suero de la mujer y observó su respiración disminuir. La mujer murió poco después, lo que no perturbó a Wynn porque ella ya se veía cercana a la muerte. Wynn me dijo que a esas alturas todo lo que el equipo podía ofrecer era "comodidad, paz y dignidad". "Hicimos lo mejor que pudimos. Era lo correcto bajo las circunstancias".
"Pero incluso si hubiera sido eutanasia, no es algo que no hagamos realmente cada día. Sólo ocurrió bajo un nombre diferente", añadió.
John Thiele, pulmonólogo, les dio a otros pacientes una inyección de morfina y midazolam en dosis que él dijo eran mayores de lo que normalmente usaban en la Unidad de Cuidados Intensivos. Él tomaba sus manos y los tranquilizaba: "Todo está bien". La mayoría de los pacientes, me dijo Thiele, murieron a los minutos de ser medicados. Pero Emmet Everett, un robusto hombre afroamericano, no.
Su boca estaba abierta, su respiración era difícil y todos podían escuchar su horroroso ruido de muerte. Thiele intentó con más morfina. Intentó rezar. Puso su mano en la frente del hombre. Juntos cantaron: "Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo". Recitaron el Padrenuestro. Rezaron para que el hombre muriera.
El hombre siguió respirando, y Wynn dijo que ella y sus colegas tomaron eso como un signo, "Dios dijo Ok, pero no estoy listo para él. O él no estaba listo".
Ella recuerda cuando lo pasaron a través del agujero en la pared en su camino a los helicópteros de evacuación. Thiele tiene un recuerdo diferente de lo que pasó. "Cubrimos su cara con una toalla", hasta que dejó de respirar", me dijo.
Afirmó que tomó menos de un minuto que el hombre muriera y que no sufrió. "Esto era totalmente contra cada fibra en mi cuerpo", me dijo Thiele, pero también agregó que sabía que era lo correcto. "Estabamos abandonados por el gobierno, estabamos abandonados por Tenet (Healthcare, dueño corporativo del Memorial), y claramente nadie iba a cuidar a esta gente en sus momentos de muerte". Añadió: "Hice lo que habría querido que hicieran por mí si los roles fueran dados vuelta".
Tanto Thiele como Wynn recuerdan que ellos, Pou y los otros enfermeros, cubrieron los cuerpos de los muertos y los llevaron a la capilla. "Fue muy respetuoso", me dijo Thiele. "No es como pensarías".
ESA TARDE, el patólogo del Memorial y el director del laboratorio recorrieron el hospital, piso por piso, para hacer registros de los muertos y asegurarse de que nadie vivo fuera dejado atrás. Encontraron a Pou en el séptimo piso con una enfermera. Pou estaba trabajando con el suero de un paciente que parecía apenas vivo.
El doctor John Walsh, un cirujano, me dijo que estaba sentado en un banco, demasiado cansado para moverse, cuando Pou y el patólogo bajaron por las escaleras. Pou parecía alterada. Se sentó a su lado. "¿Qué pasa?", le preguntó. Ella mencionó algo sobre un paciente, o pacientes, muriendo y sobre alguna gente, cuestionándola. 
Walsh había conocido a Pou hace sólo un año, pero él sabía, me dijo, que ella era compasiva y dedicada a sus pacientes. "Estoy seguro de que hiciste lo correcto", recuerda que le dijo. "Va a salir todo bien".
Durante el día, botes y helicópteros vaciaron el hospital de casi todos sus pacientes y visitantes. Alrededor de las 9 pm, Rodney Scott, el paciente obeso en Cuidados Intensivos, por fin fue cargado hasta el helipuerto. Pesando más de 300 libras e incapaz de caminar, Scott era el último paciente vivo que dejó el hospital. Se sintió aliviado. Los cuatro hombres que lo llevaban, gritaban: "¡Empujen, empujen!" y llevaban su pesada silla de ruedas al helicóptero de la Guardia Costera.
Scott, Thiele y Wynn fueron llevados por separado al Aeropuerto Internacional de Nueva Orleans, donde el calvario continuó. Cientos de pacientes de hospitales y en cuidado domiciliario habían sido dejados ahí desde las zonas inundadas; eran recibidos por equipos de manejo de desastres que estaban tan escasos de personal y de materiales, que no podían proveer ni siquiera cuidados de enfermería básicos a muchos pacientes. Reflexionando en la escena del aeropuerto, Thiele me dijo que si los pacientes inyectados con drogas hubieran logrado llegar hasta ahí, "no habrían sobrevivido".

EL DILEMA DEL JUEZ DE INSTRUCCIÓN

El domingo 11 de septiembre de 2005, 13 días después del huracán, los trabajadores de los servicios mortuorios recuperaron 45 cuerpos descompuestos del Hospital Memorial. Al día siguiente, el fiscal general de Louisiana, Charles Foti Jr., abrió investigaciones sobre las muertes en hospitales durante el huracán Katrina. El Departamento de Justicia pronto recibió llamados con denuncias de pacientes abandonados y de eutanasias.
Después de las autopsias, los trabajadores del laboratorio de Pennsylvania detectaron morfina en nueve cuerpos -los mismos nueve pacientes que el staff de Life Care identificó como víctimas potenciales.
La oficina del fiscal general contrató a Cyril Wecht, un patólogo forense, para revisar evidencias en las muertes de cuatro pacientes cuyos informes toxicológicos completos y antecedentes médicos fueron obtenidos primero: Emmett Everett, Rose Savoie y otros dos pacientes de LifeCare. Wecht concluyó que las cuatro muertes fueron homicidios, causadas por intervención humana.
Después de meses de entrevistas y de recolección de documentos, los investigadores llegaron a creer, dicen, que los doctores y enfermeras aplicaron la eutanasia a dos docenas de pacientes en el Memorial. Pero los antecedentes médicos eran necesarios para respaldar las evidencias y de acuerdo a los investigadores, los abogados de Tenet dijeron que muchos de los que pertenecían a los pacientes del Memorial no estaban disponibles. Armados con los testimonios de trabajadores de LifeCare y los antecedentes médicos de cuatro pacientes del séptimo piso, los fiscales del estado decidieron que su caso más potente era contra Anna Pou  y las enfermeras Cheri Landry y Lori Budo por esas muertes.
ALREDEDOR DE LAS 9 pm, el 17 de julio de 2006 -casi un año después de las inundaciones de Katrina-, Pou abrió la puerta de su casa y se encontró con agentes federales y estatales con armas, diciéndole que tenían una orden para arrestarla por cuatro asesinatos en segundo grado (Landry y Budo fueron arrestadas esa misma noche).
Mientras la investigación del gobierno progresaba, Carrie Everett, la viuda de Emmet Everett, habló en CNN. Después del huracán Katrina ella buscó durante dos semanas a su esposo antes de enterarse de que estaba muerto. Demandó por homicidio culposo a Tenet, LifeCare, Pou, Landry y Budo.
"¿Quién les dio el derecho de jugar a ser Dios?", demandó la señora Everett. "¿Quién les dio ese derecho?".
MINYARD, EL JUEZ de instrucción, trajo a Cyril Wecht, Michael Baden -dos conocidos patólogos forenses- y Robert Middleberg, el director del laboratorio de toxicología donde las muestras de autopsias fueron testeadas, para discutir los descubrimientos toxicológicos.
Los archivos mostraban que más de la mitad de los 41 cuerpos del Memorial que fueron analizados por Middleberg tenían morfina o midazolam, o ambos. Midddleberg había manejado miles de casos en su carrera, y la alta concentración de drogas encontrada en varios de los pacientes se destacaba como totalmente fuera de lugar", me dijo.
El grupo consideraba a la paciente de 90 años Alice Hutzler, cuya enfermera de LifeCAre, Gina Isbell, había prometido cuidarla durante el huracán. La morfina y midazolam fueron encontrados en su hígado, cerebro y tejido muscular, pero ninguna de las drogas había sido recetada, según su registro médico, el que contenía notas hasta la noche anterior de su muerte el 1 de septiembre. El registro mostraba que ella estaba "descansando tranquilamente" la tarde anterior, y durante las noches sus enfermeras no documentaron ninguna queja de dolor o sufrimiento que indicara que necesitaba las drogas.
Hutzler fue una de las nueve pacientes de LifeCare encontradas en el séptimo piso con una de ambas drogas en su sistema. Todas fueron vistas vivas la mañana del 1 de septiembre, y todas fueron registradas como muertas por el patólogo del Memorial esa tarde.
"Homicidio", escribió Wecht en una hoja de papel con el nombre de Hutzler arriba, subrayada dos veces. "Homicidio", escribió en siete de los otros ocho pacientes del piso siete, incluyendo a Emmett Everett, Wilda McManus y Rose Savoie. La última paciente, cuyos archivos indican que estaba cercana a la muerte, la marcó como indeterminada. Baden dijo que pensaba que los nueve eran homicidios.
El grupo consideró una muerte en el octavo piso en Cuidados Intensivos: Jannie Burgess era la paciente en coma que fue encontrada por Ewing Cook cuando subió las escaleras en el calor del miércoles 31 de agosto. La ficha médica de Burgess mostraba que le dieron 15 miligramos de morfina siete veces el miércoles entre las 2:10 pm y las 3:35 pm bajo órdenes de Cook. Más de sietes veces la dosis máxima que ella estaba recibiendo en Cuidados Intensivos. Pero como ya se le administraba desde antes morfina por su cáncer avanzado, ella no era "un caso claro y sólido", escribió Wecht en sus notas. Marcó su muerte como indeterminada.
Además de los nueve casos que permanecieron en el piso de LifeCare y Burgess, el grupo también revisó 13 pacientes del Memorial y de LifeCare cuyas muertes fueron registradas en el segundo piso. (Otras muertes también parecieron sospechosas para los investigadores, pero como no todos los cuerpos fueron testeados por drogas después de la autopsia, no fueron considerados). De esos 13, nueve tuvieron positivo el midazolam y cuatro la morfina, también. Los investigadores en el hospital encontraron recetas por grandes cantidades de morfina para tres de ellos, incluyendo a Carrie Hall, la mujer que peleó con fuerza por sobrevivir en la noche del miércoles. Las recetas tenían fecha jueves 1 de septiembre, y fueron firmadas por la doctora Anna Pou.
A pesar de las enfáticas opiniones de Wecht y Baden acerca de que las muertes de LifeCare fueron resultado de inyecciones de drogas, Minyard quería información adicional para tomar la decisión. Envió los antecedentes de los pacientes a otros tres expertos para una revisión independiente.
"Homicidio", concluyó el doctor Frank Brescia, un especialista en cuidados paliativos, de cada uno de los nueve casos. "Homicidio", escribió el doctor James Young, el ex juez de instrucción en jefe de Ontario, Canadá, quien era entonces presidente de la Academia Americana de Ciencias Forenses. "Todos estos pacientes sobrevivieron los eventos adversos de los días anteriores, y que cada paciente de un solo piso haya muerto en un período de tres horas y media intoxicado con drogas está más allá de las coincidencias".
Un especialista en medicina interna concluyó que mientras los antecedentes médicos y autopsias de varios pacientes revelaban problemas que razonablemente podrían haber llevado a sus muertes, la mayoría de los archivos de los pacientes, no. En su informe a Minyard, escribió que era "evidente" que Emmett Everett estaba "en condición médica estable sin evidencias claras de que la muerte era inminente". (El abogado de Pou dice que Everett es casi seguro que murió de un paro al corazón y no de una sobredosis de medicación).
Mientras Minyard deliberaba, continuó sus propias investigaciones, invitando a administradores de LifeCare a su oficina. Sus historias se enfocaban en Anna Pou. Minyard nunca había conocido a Pou, pero dos meses después de su arresto él la observó defenderse a sí misma y a sus colegas enfermeros con pasión en 60 Minutos. "Quiero que todos sepan que no soy una asesina", dijo ella en televisión. "No creo en la eutanasia".
Después del reportaje, algunos de los colegas de Minyard cuestionaron que siguiera investigando el caso. El día después del programa, la Asociación Médica Estadounidense publicó una declaración: "La A.M.A. está orgullosa de los numerosos médicos heroicos y otros profesionales de salud que se sacrificaron y se distinguieron tras las desgracias del Huracán Katrina".
Minyard me dijo que después de que Pou apareciera en televisión, él tuvo urgencia de conocerla y tratar de "tener una impresión de ella". E invitó al abogado de Pou a traerla a su oficina para una visita.
Pou se sentó frente a Minyard, "una dama muy amable, una verdadera y encantadora dama sureña". Pronto se encontraron descubriendo amigos mutuos y hablando sobre sus familias alrededor de una hora. Ella le dijo que había estado tratando de aliviar el dolor y el sufrimiento. Dado que el abogado de Pou estaba ahí, Minyard fue cuidadoso de no hacerle preguntas directas sobre lo que había hecho. Las condiciones que ella describió en el Memorial lo llevaron de vuelta a los días que él pasó atrapado en la corte después del Katrina. Lo preciosas que el agua y la comida se volvieron. Cuán imposible era dormir en la noche con disparos de armas sonando alrededor.
Pero Minyard me dijo que creía que él habría tratado de salvar al menos a Emmett Everett. Que debería haber existido un modo de llevar a un hombre de 380 libras por las escaleras. También molestó a Minyard que la documentación sugería que pocos de los pacientes ancianos que murieron estaban siendo tratados contra el dolor.
Minyard buscó consejo del bioeticista Arthur Caplan. Caplan revisó los archivos y concluyó que a los nueve pacientes del séptimo piso les fue aplicada la  eutanasia, y que la forma en que se les dieron las drogas fue "no consistente con los estándares éticos de los cuidados paliativos en Estados Unidos". Esos estándares son claros, escribió Caplan, en que la muerte del paciente no puede ser la meta de un tratamiento de un doctor.
A pesar de todas las determinaciones de expertos de que se trataba de homicidios, Minyard consultó otro patologo, el doctor Steven Karch. Karch voló a Nueva Orleans, examinó la evidencia y concluyó que era absurdo tratar de determinar las causas de muerte en cuerpos que habían estado a 35 grados durante 10 días. En todos esos casos, él aconseja, la causa médica de muerte debe permanecer indeterminada.
El juez de instrucción creía que si el caso iba a juicio, la defensa traería a alguien como Karch para proveer de duda razonable. "Perderíamos el caso", me dijo Minyard. "No sería bueno para la ciudad, para la recuperación. Había un contexto más grande que yo tenía que considerar más allá de la pura base científica". Tomar una vida voluntariamente era "una cosa muy mala", pensaba. "Sólo Dios sabe cuándo vas a morir". El caso le quitaba el sueño de noche. Llamó a expertos una y otra vez en busca de apoyo y consejo.

LA DECISIÓN DEL JURADO

En marzo de 2007, los jurados que considerarían el destino de Anna Pou fueron llamados y comenzaron a reunirse una vez a la semana en secreto. Minyard me dijo que al final decidió que cuatro de las nueve muertes en el séptimo piso fueron homicidios, incluyendo a Emmett Everett y Rose Savoie. También dijo de Pou que ella no planeaba matar a nadie, "pero se ve como si lo hubiera hecho".
El jurado escuchó a Minyard, pero no a los expertos forenses; ni tampoco a dos miembros de la familia que estuvieron presentes en el piso de LifeCare durante la mayor parte de la terrible experiencia; tampoco escucharon al investigador del Departamento de Justicia, que trabajó en el caso un año y recolectó 50 mil páginas de evidencia. Sólo dos de los principales testigos de LifeCare fueron traídos frente al jurado al final del proceso. Budo y Landry, que habían expresado públicamente su apoyo a Pou.
Los jurados vivían entre el público general, el que estaba firmemente de lado de Pou. Pou tuvo a una de las principales agencias de relaciones públicas de Nueva Orleans representándola. Una encuesta arrojó que pocos habitantes de New Orleans aprobaban el proceso contra Pou. El 17 de julio de 2007 se reunió una multitud para conmemorar el primer aniversario del arresto de Pou en City Park. Portavoces hablaban directamente al gran jurado por televisión, advirtiendo que los profesionales médicos dejarían Luisiana si un doctor era procesado después de servir en un desastre.
La semana del mitin los jurados dejaron de escuchar evidencias. El fiscal del distrito presentó un cargo de asesinato en segundo grado en el caso de Emmett Everett y nueve cargos por complicidad para cometer asesinato en segundo grado, uno por cada uno de los pacientes de LifeCare. Esto significaba que a los jurados se les pidió decidir si la evidencia que escucharon los persuadía de que Pou había tenido una "intención específica de matar".

El 24 de julio de 2007, los jurados llenaron la Sección E de la corte del distrito de Orleans. El juez Calvin Johnson leyó en voz alta los 10 cargos de la acusación. El gran jurado no acusó a Pou de ninguno de ellos.
CUATRO AÑOS DESPUÉS del Katrina, Rodney Scott, el paciente a quien Ewing Cook tomó por muerto, todavía estaba vivo. Scott está agradecido de estar con su familia. Dice que no sabe si ocurrieron eutanasias en el hospital, pero si fue así, se pregunta qué habrían estado pensando los doctores y enfermeras. "¿Cómo puedes decir que la eutanasia es mejor que la evacuación?", me preguntó. "Si tienen signos vitales -dijo-, sácalos de ahí. Deja que Dios tome esa decisión".
El debate entre profesionales médicos sobre cómo manejar desastres se está intensificando con Pou y su versión de lo que pasó en el Memorial. En una conferencia para ejecutivos de  hospitales hace unos meses en Chicago, ella no mencionó que inyectó a pacientes, diciendo que los helicópteros llegaron en la tarde del jueves 1 de septiembre, y "fuimos capaces de evacuar al resto". Pou proyectó la foto de su arresto en la pantalla mientras argumentaba a favor de leyes que protegieran a trabajadores de salud de responsabilidades civiles y criminales en desastres.  
Sheri Fink.”

miércoles, 19 de agosto de 2015

"HER": una lectura ...


Es cierto, a primera vista nos puede parecer inverosímil. Pero en cuanto seamos capaces de evitar esos prejuicios, inevitables, por los que pretendemos situarnos muy alejados de lo que acontece, reconoceremos esa dinámica cada día más presente. No hace falta rebuscar demasiado, basta con mirar a nuestro alrededor, es tanta la gente cuya vida depende de una pantalla... en definitiva de un sistema operativo, de igual forma que el protagonista de esta cautivadora película, adusta y seca, porque no necesita más adorno que el grito mudo que está presente continuamente en la desesperada soledad de un Joaquín Phoenix perfecto en su papel. Es una película real, quizás demasiado real, porque aunque la trama fílmica parezca plantear una increible situación, incluso ridícula, lo cierto es que no deja de ser una simple metáfora de lo que está presente en nuestra sociedad. El protagonista de “Her” (Spike Jonze, Estados Unidos, 2013) ha encontrado simplemente lo que buscaba, alguien hecho a su imagen y semejanza, alguien perfecto y que le dá todo, incluso el sexo. El sexo es virtual, pero ¿no es lo que acontece hoy en día?
La clave de lectura del film se encuentra en la respuesta de Theodor (J. Phoenix) en el protocolo de iniciación del sistema operativo, cuando se le pregunta por su madre: “How would you describe your relationship with your mother? Fine, I think, ahm, well actually… I think, what is always frustrating about my mom is... you know, if I tell her something that is going on in my life, her reaction is usually about her, it`s not about...”
“Her” al inicio de la frase “if I tell her something that is going on in my life, her reaction is usually about her” opera como adjetivo posesivo, y se refiere a la reacción asignada a un sujeto del que se habla, sujeto que reaparece como pronombre objeto de una preposición deja tras de sí al “yo” de la enunciación, finalmente, el aparato no da tiempo a Theodor de cerrar la frase con el “me” correspondiente (R. Olmedo).
Todo lo anterior viene a resultas de volver a visionar una vez más la citada película, que me sigue pareciendo una perfecta metáfora del presente, una película extraordinariamente sensible y dura a la vez. La base del argumento parece una excentricidad, y es un comentario general al respecto: ¿quién puede enamorarse de un sistema operativo? Es evidente que este aspecto es una disculpa, una mera herramienta narrativa, en definitiva, repito, una simple metáfora, porque Her es una película de amor, de amor y soledad extrema, de desesperación… Llevado al campo musical podría compararse con una sombría y maravillosa canción de amor “Estrella de la Muerte” (Iván Ferreiro):Mátame/ Mátame mucho/ Estrella de la muerte/ Cibernética Eterna/ Estrella plateada... / Y no dejes que jamás se junten los trozos del cristal... / Ni el bien ni el mal... /Estrella estrellita / Mátame por vanidad / Y no me mates como a todos / Desde tu vientre explotaré / … / Si tu lengua es meteoro / Que la mía sea de cristal / Que me mande unas palabras que me hagan tiritar... / Quiero que me alcances, que me alcance / Tu rayo sideral... / Estrella de la muerte, Cibernética eterna...”
Recordemos brevemente el argumento: En un futuro cercano, distópico, donde las personas viven y se relacionan a través de redes sociales informáticas y la interacción con las máquinas se define como normal, Theodore, un escritor de cartas por encargo, con un divorcio traumático a cuestas, vive en perpetua melancolía, rodeado de “gadgets”, y adquiere un nuevo sistema operativo. Diseñado para satisfacer todas las necesidades del usuario, es intuitivo, escucha y entiende, y lo programa con voz femenina, que responde; es "Samantha", agradable, simpática, divertida, compasiva, sabe escuchar, da buenos consejos y para sorpresa de Theodore, y de los espectadores,  ambos no tardan en enamorarse, y a nadie parece extrañar, es plenamente aceptado por sus amistades, y llega hasta tal punto, es tan íntima su interacción, que incluso rechaza relaciones reales. Las cuestiones se agolpan rápidamente, llevándonos a preguntarnos si la ausencia de cuerpo conlleva la existencia de emociones reales.
 
Quizá lo que ha encontrado es su propia conciencia, la posibilidad de que exista puede que no sea tan importante, puesto que lo que le importa es lo que podría ser, no lo que es. Es un grito desesperado en una noche fría y perpetua. 
 
El hecho de conocer que es máquina nos hace desprendernos de intentar entender a “Samantha”. Pero dudo que se haya planteado en el guión despreciar ese aspecto. La realidad en que nos movemos, y está a nuestro alrededor de una manera mucho más amplia de lo que pensamos, nos lleva a no despreciar las relaciones virtuales, y a “Samantha” hay que leerla desde ese punto de vista. Los actuales dispositivos informáticos permiten “conocer” y “mantener relaciones” con personas que ni conocemos personalmente, ni pensamos conocer. No es necesario. El mundo en que se mueven se limita al propio “yo”, no hace falta conocer físicamente a nadie, puesto que esta relación se centra en el propio sujeto, y no es necesario conectar emocionalmente con otro individuo. La soledad explica este contexto. Se buscan relaciones no para dar sino exclusivamente para recibir. Es una autosatisfacción, y en cierta medida “Samantha” quiere representar ese aspecto, tiene relaciones con miles de “usuarios” y se “enamora” de cientos de ellos. El círculo se cierra. Cada uno ha encontrado en su relación lo que buscaba. Es la realidad. Luego vienen las decepciones y los desengaños, por ambas partes, pero al menos se nos da una escapatoria final “humana”, pero podría haber sido cualquier otra, igualmente creible y puede que más cierta …

martes, 11 de agosto de 2015

VIENTRES DE ALQUILER: CONSECUENCIAS ÉTICAS Y JURÍDICAS


Los llamados vientres de alquiler o maternidad subrogada es un tema éticamente complejo que puede ser abordado desde distintos puntos de vista y disciplinas. Esa complejidad es, precísamente, la que hace que todos los análisis sobre dicho tema queden cojos ante el empeño de situarnos exclusivamente en un punto de vista. Tenemos que repetir y recordar que la bioética no puede ser simplemente multidisciplinar o acaso pluridisciplinar, y que tampoco debe ser interdisciplinar. Debe ser transdisciplinar.

Lo podemos ver a continuación. Sobre el citado tema se ha suscitado este verano unas enriquecedora polémica como consecuencia del MANIFIESTO, impulsado por las filósofas Amelia Valcárcel y Victoria Camps, y que ha sido publicado en la web nosotrasdecidimos.org (http://nosotrasdecidimos.org/nosomosvasijas/), que reproducimos en su totalidad:

LAS MUJERES NO SE PUEDEN ALQUILAR O COMPRAR DE MANERA TOTAL O PARCIAL

Las personas que suscriben este manifiesto muestran su preocupación ante los variados pronunciamientos a favor de la regulación de la maternidad subrogada, o la práctica de alquilar vientres de mujeres en favor de terceros. Para que los partidos políticos y los gobiernos, nacional y autonómicos, estén alerta y no se dejen engañar por campañas mediáticas, a todas luces parciales, deben tener presente que el deseo de paternidad/maternidad nunca puede sustituir o violar los derechos que asisten a las mujeres y los y las menores. El deseo de ser padres-madres y el ejercicio de la libertad no implica ningún derecho a tener hijos. Por ello mostramos nuestro absoluto rechazo a la utilización de los “vientres de las mujeres con fines de gestación para otros” que se fundamenta en las siguientes razones:

Porque abogamos por el derecho a decidir de las mujeres en materia de derechos sexuales y reproductivos. La maternidad por sustitución niega a las mujeres gestantes el derecho a decidir durante el proceso de embarazo y en la posterior toma de decisiones relativas a la crianza, cuidado y educación del menor o la menor.

Porque elegir es preferir entre una serie de opciones vitales. La elección va acompañada, a su vez, de la capacidad de alterar, modificar o variar el objeto de nuestras preferencias. La maternidad subrogada no sólo impide a las mujeres la capacidad de elección, sino que además contempla medidas punitivas si se alteran las condiciones del contrato.

Porque la llamada “maternidad subrogada” se inscribe en el tipo de prácticas que implican el control sexual de las mujeres: si en las sociedades tradicionales, los matrimonios concertados o la compra por dote, son las típicas formas en que se ejerce el control sexual de las mujeres, en las sociedades modernas, la prohibición del aborto, la regulación de la prostitución y la maternidad subrogada son sus más contundentes expresiones.

Porque alquilar el vientre de una mujer no se puede catalogar como “técnica de reproducción humana asistida”. Las mujeres no son máquinas reproductoras que fabrican hijos en interés de los criadores. Es, por el contrario, un evidente ejemplo de “violencia obstétrica” extrema.

Porque el “altruismo y generosidad” de unas pocas, no evita la mercantilización, el tráfico y las granjas de mujeres comprándose embarazos a la carta. La recurrencia argumentativa al “altruismo y generosidad” de las mujeres gestantes, para validar la regularización de los vientres de alquiler, refuerza la arraigada definición de las mujeres, propia de las creencias religiosas, como “seres para otros” cuyo horizonte vital es el “servicio”, dándose a los otros. Lo cierto es que la supuesta “generosidad”, “altruismo” y “consentimiento” de unas pocas solo sirve de parapeto argumentativo para esconder el tráfico de úteros y la compra de bebés estandarizados según precio.

Porque cuando la maternidad subrogada “altruista” se legaliza se incrementa también la comercial. Ningún tipo de regulación puede garantizar que no habrá dinero o sobornos implicados en el proceso. Ninguna legalización puede controlar la presión ejercida sobre la mujer gestante y la distinta relación de poder entre compradores y mujeres alquiladas.

Porque no aceptamos la lógica neoliberal que quiere introducir en el mercado “los vientres de alquiler”, ya que se sirve de la desigualdad estructural de las mujeres para convertir esta práctica en nicho de negocio que expone a las mujeres al tráfico reproductivo.

Porque las mujeres no se pueden alquilar o comprar de manera total o parcial. La llamada “maternidad subrogada” tampoco se puede inscribir, como algunos pretenden, en el marco de una “economía y consumo colaborativo”: la pretendida “relación colaborativa” sólo esconde “consumo patriarcal” por el cual las mujeres se pueden alquilar o comprar de manera total o parcial.

Porque nos mostramos radicalmente en contra de la utilización de eufemismos para dulcificar o idealizar un negocio de compra-venta de bebés mediante alquiler temporal del vientre de una mujer, viva ésta en la dorada California o hacinada en un barrio de la India. Así es que nos afirmamos en llamar a las cosas por su nombre, no se puede ni se debe describir como “gestación subrogada” un hecho social que cosifica el cuerpo de las mujeres y mercantiliza el deseo de ser padres-madres.

Porque la perspectiva de los Derechos Humanos supone rechazar la idea de que las mujeres sean usadas como contenedoras y sus capacidades reproductivas sean compradas. El derecho a la integridad del cuerpo no puede quedar sujeto a ningún tipo de contrato.

Así pues, nos declaramos en contra de cualquier tipo de regulación en torno a la utilización de mujeres como “vientres de alquiler”.

A la vista de dicho manifiesto, por su parte, y en contra, Emilia Arias expresó su opinión en “¿Mi útero, mi decisión? Maternidad subrogada, prostitución y aborto” en Eldiario.es, de 26 de junio, (http://www.eldiario.es/pikara/Claro-Nosomosvasijas-Maternidad-subrogada-prostitucion_6_402519750.html )
“Está costando mucho abordar el debate sobre la regularización de la maternidad subrogada desde los feminismos. Las firmantes del manifiesto contrario a esta práctica, #nosomosvasijas, ven en ella una vulneración de los derechos humanos de las mujeres y la equiparan a la explotación.

Es un tema espinoso y corremos el peligro de encontrarnos en un “o conmigo o contra mí” que no trae nada bueno. Puede que entre las dudas y los matices encontremos puntos de entendimiento o, al menos, huecos para el debate constructivo. Partamos de la base de que todas las feministas estamos, lógicamente, en contra de la explotación o la negación de derechos a cualquier mujer en cualquier lugar del mundo.
Este debate recuerda mucho a otro: el sempiterno debate sobre la prostitución, en el que también se mezclan cuestiones tan complejas como la libertad individual y el contexto social. La prostitución ha sido probablemente el tema que más ha dividido a las feministas, entre las abolicionistas, que creen que es una forma de violencia hacia las mujeres, y las feministas que llaman a distinguir prostitución libre de trata y a reconocer la capacidad de decisión de las prostitutas. No es casualidad, por tanto, que las firmantes del manifiesto contra la maternidad subrogada sean reconocidas abolicionistas. Su discurso me suscita muchas preguntas, sin fácil respuesta:

Uno de sus argumentos principales es que la gestación subrogada extiende la dominación y el poder de los países del Norte sobre los del Sur. Es decir, primero explotamos sus materias primas y ahora también sus úteros. Pero ¿estamos siempre frente a un abuso de poder o también frente a estrategias adoptadas desde la libertad individual para cambiar o mejorar determinadas condiciones de vida? Es más, ¿acaso no existen mujeres europeas o estadounidenses de clase media, que muchas veces ya son madres, y que quieren ayudar a otras a serlo por puro altruismo? Y una pregunta más, si se están dando situaciones de abuso, ¿no deberíamos denunciarlas y establecer una legislación que proteja a las mujeres que quieran pasar por este proceso para que lo hagan en condiciones óptimas?

El mismo manifiesto habla del altruismo y la generosidad de unas pocas, es decir, reconoce la existencia de mujeres que deciden gestar a los hijos de otras u otros… Y si no es por generosidad y es por cuestiones económicas, ¿deja de estar bien? ¿Quién decide eso? ¿Debemos utilizar una suerte de ética universal para controlar las decisiones de las mujeres?
Es un tema que esta campaña dice plantear desde “la ética y la perspectiva de derechos” pero, ¿no es la misma perspectiva que la que se usa para abordar la prostitución olvidando a quienes la ejercen de forma libre y voluntaria?”

No es lo mismo la explotación sexual de mujeres (aquí podemos establecer un paralelismo con esas granjas de “úteros” justamente denunciadas por la campaña), que ejercer libre y voluntariamente la prostitución (y aquí otro paralelismo con esas mujeres que viven en Estados Unidos, por decir un lugar, y tienen una vida de clase media absolutamente acomodada y deciden prestar su vientre de forma libre para hacer posible la paternidad de parejas gay, lésbicas o de mujeres u hombres solos que deciden ser padres).

Al igual que ocurre con la prostitución, vemos que los valores morales de algunas personas entran en colisión con la libertad de decidir sobre sus cuerpos de otras. ¿Por qué si puedo vender fuerza de trabajo,no puedo vender mi capacidad reproductora? Rechazando la lógica neoliberal pero aceptando el hecho de que vivimos en un mundo en el que, desgraciadamente, debo trabajar o hacer algo a cambio de dinero para subsistir.
Y dejando absolutamente de lado cuestiones económicas, ¿por qué no puedo gestar un hijo o hija que mi prima, que es estéril, no puede gestar por cuestiones de salud?¿No es lícito y hasta bonito, según dicen algunas, hacer realidad el deseo de ser madre o padre de otras personas? ¿Queremos prohibir eso? Y Aunque estas mujeres sean, según las firmantes, “minoría”, ¿quiénes somos nosotras para decidir por ellas?

Sería interesante, por otra parte, preguntarnos si regular esta opción en nuestro país no sería una manera de evitar que muchos españoles y españolas vayan a buscar gestantes a lugares donde no se respetan sus derechos. Y de paso, nuevamente, denunciarlo y pedir a esos países que terminen con esas situaciones salvaguardando la integridad de esas mujeres y defendiendo sus derechos.

Y por supuesto, peleemos juntas contra las granjas de mujeres que nombra el esta campaña, utilizadas para parir en condiciones de vulnerabilidad y obligadas a renunciar a sus derechos sexuales. Y para aquellas que lo hacen libre y voluntariamente en países como India, estemos vigilantes para que los contratos que se establezcan no sean abusivos y les dejen capacidad para decidir a las gestantes en todo momento.
En reacción a la campaña #nosomosvasijas, la Asociación por la Maternidad Subrogada en España recuerda en este comunicado uno de los principios de la lucha por el derecho a decidir (relativo a la interrupción voluntaria del embarazo), apoyada por consenso por las feministas, es que “La mujer decide, la sociedad respeta, el Estado garantiza y las Iglesias no intervienen”. Entonces, si ese es el principio que une a todas las feministas, ¿no es contradictorio prohibir toda opción de que una mujer decida gestar una criatura bajo acuerdo con la persona o personas que van a criarla?

A veces el debate es imposible porque no usamos los mismos términos. Las abolicionistas hablan de mujeres prostituídas y no reconocen la expresión “trabajo sexual”, con el que muchas prostitutas definen su actividad económica, marcada por el estigma social y abocada a la economía sumergida. Las mujeres gestantes no consideran que están alquilando su vientre igual que las trabajadoras sexuales no consideran que están vendiendo su cuerpo, porque su cuerpo sigue con ellas después de prestar un servicio determinado a un precio determinado y su vientre es suyo en todo momento aunque albergue al hijo de otra o de otro.
Frente a la tentación de imitar la confrontación en el debate de la prostitución que tantas fracturas entre feministas ha provocado, el debate sobre la maternidad subrogada puede ser una oportunidad para proponer nuevos enfoques e intercambios ideológicos. Debatamos, conversemos, lleguemos a acuerdos. Basta ya de heridas abiertas, muy interesantes para el patriarcado, en las entrañas del feminismo.

¿Y sabéis qué? Que tenemos mucho trabajo por delante que debe servir para unirnos y tirar de más hilos para defender la autonomía de las mujeres sobre nuestros cuerpos”.
 
 Por otra parte, y alimentando la polémica, Francisco Capella, del Instituto Juan de Mariana (https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/feminismo-liberticida-contra-la-gestacion-subrogada) en su artículo “Feminismo liberticida contra la gestación subrogada”, y quizá desde un punto de visto excesivamente economicista, (“la gestación subrogada es la prestación de un servicio y no una compraventa o alquiler), señala:
“El manifiesto “No somos vasijas” se opone a la regulación o legalización de la maternidad o gestación subrogada. Según este escrito, “Las mujeres no se pueden alquilar o comprar de manera total o parcial”: se trata de una afirmación entre tonta y tramposa, ya que la gestación subrogada es la prestación de un servicio y no una compraventa o alquiler (lo de alquilar úteros o vientres de mujeres es una expresión popular pero desafortunada).

Los redactores de este manifiesto y quienes lo suscriben pretenden, en un tono típicamente autoritario y desde una presunta superioridad moral, prohibir a todo el mundo ciertas relaciones o interacciones sin tener en cuenta las opiniones o las valoraciones de las partes involucradas, es decir en contra de su libertad personal particular y concreta: “mostramos nuestro absoluto rechazo a la utilización de los vientres de las mujeres con fines de gestación para otros”. Creen que los que no opinan como ellos pretenden engañar a los políticos mediante campañas mediáticas parciales e interesadas: sólo ellos son puros, altruistas y tienen razón. Aseguran defender los derechos de las mujeres y los menores cuando en realidad o se los inventan por la cara o los violan de forma sistemática.

Su razonamiento moral es chapucero: “El deseo de ser padres-madres y el ejercicio de la libertad no implica ningún derecho a tener hijos”. ¿Se refieren a un derecho negativo a que no exista coacción externa o a un derecho positivo que legitima a exigir algo a otros? ¿Dónde está la coacción o a quién se está obligando a participar? ¿Los deseos no generan derechos en general o sólo en este caso particular de forma arbitraria? ¿Querer reproducirse es un deseo o una necesidad o imperativo biológico? ¿Contratar con otro para que proteja y alimente tu embrión viola el derecho de alguien? ¿Contratar con otro para que proteja y alimente a tu hijo ya nacido viola el derecho de alguien?

Porque abogamos por el derecho a decidir de las mujeres en materia de derechos sexuales y reproductivos. La maternidad por sustitución niega a las mujeres gestantes el derecho a decidir durante el proceso de embarazo y en la posterior toma de decisiones relativas a la crianza, cuidado y educación del menor o la menor.

La libertad sexual y reproductiva están muy bien: pero los contratos suelen establecer restricciones voluntariamente aceptadas por las partes; es normal que los padres biológicos quieran asegurar un embarazo sano controlando de algún modo adecuado la vida de la gestante, y esta es libre de aceptar ciertas condiciones o no hacerlo; en principio y salvo que se pacto algo diferente, la mujer gestante no tiene ningún vínculo legal o derecho sobre el embrión o niño, no pinta nada decidiendo sobre su crianza posterior.

Porque elegir es preferir entre una serie de opciones vitales. La elección va acompañada, a su vez, de la capacidad de alterar, modificar o variar el objeto de nuestras preferencias. La maternidad subrogada no sólo impide a las mujeres la capacidad de elección, sino que además contempla medidas punitivas si se alteran las condiciones del contrato.

Cuando uno pacta un contrato reconoce que no tiene derecho a alterar de forma unilateral lo pactado aunque sus preferencias hayan cambiado: no entender esto es no comprender qué es un contrato. La legalización de la maternidad subrogada permite a las mujeres elegir libremente si quieren o no prestar un servicio en las condiciones que negocien y acuerden con la otra parte involucrada.

Porque la llamada “maternidad subrogada” se inscribe en el tipo de prácticas que implican el control sexual de las mujeres: si en las sociedades tradicionales, los matrimonios concertados o la compra por dote, son las típicas formas en que se ejerce el control sexual de las mujeres, en las sociedades modernas, la prohibición del aborto, la regulación de la prostitución y la maternidad subrogada son sus más contundentes expresiones.

El control sexual de las mujeres en ciertas sociedades ha existido y existe, pero es un tema complejo y que no se manifiesta en la prohibición del aborto o la regulación de la prostitución, y mucho menos en la maternidad subrogada. Los y las feministas tienen algunos temas con los que están obsesionados, tal vez traumatizados, y no pueden evitar mencionarlos aunque no vengan a cuento. El asunto del aborto es interesante: quien se atreva a oponerse a la gestación subrogada por algún presunto derecho del embrión tendrá complicado defender el aborto libre, uno de los dogmas sagrados del feminismo más típico.

Porque alquilar el vientre de una mujer no se puede catalogar como “técnica de reproducción humana asistida”. Las mujeres no son máquinas reproductoras que fabrican hijos en interés de los criadores. Es, por el contrario, un evidente ejemplo de “violencia obstétrica” extrema.

No sólo pretenden prohibir qué hacer sino cómo catalogar los hechos: sin embargo sí se trata de una técnica de reproducción humana asistida, y todos los seres vivos somos agentes o máquinas que actuamos para sobrevivir y reproducirnos o, en este caso, ayudar a otros a reproducirse. Lo de la violencia obstétrica extrema es simplemente una estupidez más entre otras muchas.

Porque el “altruismo y generosidad” de unas pocas, no evita la mercantilización, el tráfico y las granjas de mujeres comprándose embarazos a la carta. La recurrencia argumentativa al “altruismo y generosidad” de las mujeres gestantes, para validar la regularización de los vientres de alquiler, refuerza la arraigada definición de las mujeres, propia de las creencias religiosas, como “seres para otros” cuyo horizonte vital es el “servicio”, dándose a los otros. Lo cierto es que la supuesta “generosidad”, “altruismo” y “consentimiento” de unas pocas solo sirve de parapeto argumentativo para esconder el tráfico de úteros y la compra de bebés estandarizados según precio.

Además de que no hay ningún tráfico de úteros ni compra de bebés estandarizados según precio, aquí muestran que son enemigos del mercado y del comercio, algo nada sorprendente, y que no entienden gran cosa de biología y psicología evolucionista: la mujer sí suele ser más altruista porque tiende de forma natural a asumir una inversión parental mayor. Resulta raro observar cómo alguien intenta defender a la mujer diciendo que su generosidad y altruismo son solamente “supuestos”.

Porque cuando la maternidad subrogada “altruista” se legaliza se incrementa también la comercial. Ningún tipo de regulación puede garantizar que no habrá dinero o sobornos implicados en el proceso. Ninguna legalización puede controlar la presión ejercida sobre la mujer gestante y la distinta relación de poder entre compradores y mujeres alquiladas.

Más fobia a los intercambios monetarios, y preocupación por que a alguna mujer pobre algún rico pueda atreverse a ofrecerle dinero a cambio de servicios de gestación, ¡qué horror! Ignoran que las muy éticamente ilegítimas pero vigentes leyes sobre donación altruista de órganos van en este mismo sentido: ¿se oponen a ellas con los mismos argumentos?

Porque no aceptamos la lógica neoliberal que quiere introducir en el mercado “los vientres de alquiler”, ya que se sirve de la desigualdad estructural de las mujeres para convertir esta práctica en nicho de negocio que expone a las mujeres al tráfico reproductivo.

Efectivamente no aceptan muchas cosas, ni siquiera la lógica o el rigor argumental: son profundamente intolerantes y totalitarios. El tráfico reproductivo suena muy mal, como el de drogas, y las mujeres quedan expuestas a él sin ninguna protección y quizás sufran alguna colisión fatal. Lo de los nichos de negocios tampoco puede ser algo bueno: no a los negocios, todo debe ser ocio.

Porque las mujeres no se pueden alquilar o comprar de manera total o parcial. La llamada “maternidad subrogada” tampoco se puede inscribir, como algunos pretenden, en el marco de una “economía y consumo colaborativo”: la pretendida “relación colaborativa” sólo esconde “consumo patriarcal” por el cual las mujeres se pueden alquilar o comprar de manera total o parcial.

O sea que cuando las personas comercian, intercambian, compran, venden, alquilan, se prestan servicios unos a otros, no colaboran: sólo colaboran cuando nosotros decidamos que es así. ¿Y qué pasa si una mujer contrata ella sola con otra mujer una gestación subrogada? ¿También se trata de consumo patriarcal? ¿Qué es lo que se consume y dónde está el patriarca?

Porque nos mostramos radicalmente en contra de la utilización de eufemismos para dulcificar o idealizar un negocio de compra-venta de bebés mediante alquiler temporal del vientre de una mujer, viva ésta en la dorada California o hacinada en un barrio de la India. Así es que nos afirmamos en llamar a las cosas por su nombre, no se puede ni se debe describir como “gestación subrogada” un hecho social que cosifica el cuerpo de las mujeres y mercantiliza el deseo de ser padres-madres.

Si queremos llamar a las cosas por su nombre, ¿podemos calificar a los idiotas liberticidas como tales o hay que callar o usar algún eufemismo para no herir sensibilidades exquisitas? ¿El cuerpo de las mujeres no es una cosa? ¿Es una propiedad abstracta o un ente metafísico intangible? ¿Acaso alguien se apropia del cuerpo de la mujer gestante como si fuera un objeto sin derechos o libertad? El deseo de que alguien me ayude a cuidar, vestir, alimentar, vigilar y educar a mi hijo, satisfecho mediante múltiples relaciones en el mercado ¿es algo horrible?

No hay compra-venta de bebés porque el niño nacido nunca ha sido propiedad de la mujer gestante, quien no puede transferir lo que no es suyo: recibir físicamente al embrión no equivale a convertirse en su dueña o tutor legal. Una madre que deja a su hijo en la guardería, o que envía a su hijo interno a un colegio una temporada, no está transfiriendo la propiedad o derecho de tutela de su hijo. Un caso diferente serían los mercados de adopción, algo legítimo que escandaliza y pone histéricos a muchos y que no es lo mismo que la prestación de servicios de gestación.

Porque la perspectiva de los Derechos Humanos supone rechazar la idea de que las mujeres sean usadas como contenedoras y sus capacidades reproductivas sean compradas. El derecho a la integridad del cuerpo no puede quedar sujeto a ningún tipo de contrato.

Derechos Humanos con mayúsculas, faltaría más, pero nunca el de propiedad, el de no agresión o el de libertad contractual. ¿Qué parte del cuerpo de la mujer pierde su integridad en un contrato de gestación subrogada? Si una modelo que por contrato voluntariamente aceptado se agujerea la oreja para colocarse un pendiente ¿alguien ha violado el derecho a la integridad de su cuerpo? Si acepto contractualmente que un cirujano afecte a la integridad de mi cuerpo al operarme ¿estamos él o yo atentando contra los derechos humanos?

Entre las firmantes de este manifiesto están las filósofas y catedráticas Amelia Valcárcel y Victoria Camps, lo que viene a reflejar el patético estado intelectual de la filosofía moral en la universidad.”

 
En suma, un problema de una gran complejidad que requiere, como siempre en bioética, calma y reflexión, tolerancia y decisión.